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domingo, 31 de mayo de 2009

"Cuando el objetivo es ganar mercados, además de bueno el vino debe ser muy parejo a lo largo del tiempo"

Cuando dice que el malbec argentino es el mejor del mundo hay que alegrarse, pero sin dejar de atender a lo que también sostiene: que se puede hacer mejor.

"Para seguir siendo exitosos, los bodegueros argentinos tienen que mejorar aún más la reputación de esta cepa emblemática, sin por ello dejar de apuntar a la superación de otras variedades, como el syrah, el cabernet sauvignon y el chardonnay", dice el experto australiano Philip Laffer, de visita en la Argentina para recorrer los viñedos que Bodegas Graffigna (del grupo Pernod Ricard) tiene en los valles de Tulum y del Pedernal, ambos en la provincia de San Juan.

Sin pelos en la lengua, Laffer elogió el desarrollo de la industria vitivinícola argentina, si bien recomendó una mayor disciplina a la hora de establecer estándares de calidad.

"Es importante que se concentren en hacer el mejor vino argentino, porque nadie podrá hacer un mejor vino argentino que ustedes", aseguró. Para ello, sugirió generar una reputación a largo plazo, para que la gente confíe. "Cuando el objetivo es ganar mercados, además de bueno el vino debe ser muy parejo a lo largo del tiempo", dice.

Producir vinos confiables, de mejor calidad año tras año, con estrictos estándares, no sólo globales, sino también propios de cada bodega, fue el motivo del actual boom de los vinos australianos, que -según Laffer- "en 1985 aún no eran nada".

El ritmo frenético de su vida profesional lo lleva a supervisar la vendimia australiana sin dejar de cultivar otros mercados en el mundo, para lo cual alterna una semana afuera y otra en su casa, y viaja de Gran Bretaña a Estados Unidos, a Japón, a Sudamérica, supervisando equipos de creadores de vinos y ejércitos de viticultores y productores de viñas, técnicos expertos, personas dedicadas a la producción y a las ventas.

Su entusiasmo va más allá de la compañía. Casi todas las asociaciones u organismos de investigación vinculados con la industria cuentan o han contado con Laffer como miembro activo. Como indudable embajador internacional de la industria del vino en Australia, no hay duda de que su aporte es vital para mantener la destacada posición que ha alcanzado ese país en la industria vitivinícola mundial. Tan vehemente y entusiasta como el primer día de su carrera, no desea ser considerado un hombre mayor, una "vaca sagrada" de la industria a la que ama y con la que cree que hay que involucrarse completamente, "empezando por los sentidos". Solamente desea ser cinco años más joven ante la fascinación que le produce el ritmo febril de la evolución actual.

"Nadie puede hacer mejor vino argentino que los argentinos", dijo. Estuvo en San Juan el año pasado, donde observó los viñedos en floración y los perfiles de suelos, y volverá este año con el mismo propósito para, luego, catar los blends producidos por esa cosecha.

"La manera en que ambos países se van a beneficiar es compartiendo técnicas e ideas", sostuvo. Tenemos climas similares, aunque geológicamente los terrenos son diferentes: Australia tiene los suelos más antiguos del mundo, llanos y frágiles. América del Sur es más joven, con montañas y suelos más fértiles.

"Nosotros vendemos vino australiano y ustedes, vino argentino, y si ambos vendemos buenos vinos, lo que hacemos es expandir el mercado total de vinos del Nuevo Mundo, lo que nos favorece a ambos. A medida que la gente se interesa más por el vino, exige más variedad y más calidad. Somos competidores, pero también somos complementarios", aseguró.

De todos modos, Laffer -para quien el quid de un buen catador está en la memoria olfativa- reconoce que los próximos 3 o 4 años serán difíciles para el mercado exportador de vinos debido a la crisis económica global.

"Pero, dejando de lado la coyuntura y considerando las condiciones existentes hasta el presente, creo que no hay ninguna razón para que la Argentina no sea uno de los principales exportadores del mundo, si se decide a producir cada vez mejores vinos. Porque no alcanza con aumentar la producción para satisfacer crecientes demandas: el desafío es mejorar la calidad año tras año."
Extra / Cocina y vinos / Primer planoPalabra de experto

Con cuarenta años de trabajo, Philip Laffer,

lanacion.com | Revista | Domingo 31 de mayo de 2009

viernes, 23 de enero de 2009

Los vinos que nacen en el fin del mundo.


"No conocía nada de vinos cuando empecé, pero leí mucho, fui a cursos y recorrí más de 200 bodegas alrededor del mundo. Hoy, 12 años después, somos una bodega funcional al vino”. Julio Viola asegura que fue el pionero en instalar en la zona de San Patricio de Chañar, en la provincia de Neuquén, un emprendimiento bodeguero. Lo cierto es que en un lugar que era tan sólo un desierto, con pocas lluvias y casi deshabitado, creó la Bodega del Fin del Mundo, un mega emprendimiento que cambió toda la zona. Que incluso dejó de ser una localidad de emigración de jóvenes en busca de nuevos horizontes y pasó a ser un centro de atracción para profesionales, en particular de la industria vitivinícola.
Julio era un simple desarrollador inmobiliario en Neuquén. “Era un buen negocio para generar ingresos, pero nunca tuve pasión por eso. Entonces, se me ocurrió pasar de lo urbano a lo rural y así fue cómo comencé con este emprendimiento que yo lo defino como inmobiliario y productivo a la vez”, explica.
Los clásicos lugares para producir vinos eran Mendoza, San Juan o Salta. Nadie pensaba en la posibilidad de instalarse en el sur del país. Pero con la Bodega del Fin del Mundo, más otras firmas que se sumaron en el lugar, la Patagonia se convirtió en un referente más entre los vinos argentinos. Lo que destaca su creador es que toda la familia forma parte del proyecto: “Esta es la primera generación. Es algo curioso, porque los padres y los hijos estamos haciéndolo juntos. Acá no hay segundas generaciones. La bodega, propiamente dicha, la creé yo, pero se fueron sumando mis hijos Ana, y su marido; y Julio, con su novia. Así es que somos seis, porque mi mujer conduce las cosas familiares como buena madraza que es”.

Fortuna: Neuquén no es una zona habitual para esta industria. ¿Qué cambió para que la zona pasara a tener este tipo de explotaciones?
Viola: Esta es una región que tiene una gran ventaja frente al resto, porque tenemos mucha agua que proviene de la montaña, el suelo es excelente y el clima es muy favorable. Para asegurar el riego, construimos un canal, que hoy tiene 20 kilómetros de largo, y más de 500 kilómetros de redes subterráneas.

Fortuna: En su momento fue una apuesta con más puntos en contra que a favor. ¿Hoy está compensado ese riesgo inicial?
Viola: Todo empezó como una colonización privada de tierras que, por suerte, funcionó perfectamente. Era esto o nada, y apostamos todo lo que tenía la familia en este proyecto. Durante el proceso de plantación, viajamos mucho viendo qué era lo que se estaba haciendo en el mundo. Nos hicimos cien mil preguntas porque era algo nuevo para todos nosotros y habíamos hecho la apuesta económica de nuestras vidas. Los resultados están a la vista: construimos un exitoso sistema de riego, hicimos cientos de kilómetros en caminos y casi 50 kilómetros de redes en tendido eléctrico. Trabaja toda la familia, exportamos a 28 países y este año facturaremos $ 60 millones, lo que implica un crecimiento del 80% respecto al año pasado. Y el año que viene tenemos proyectado crecer un 30% más.

Fortuna: Al estar incluidos todos los Viola en este proyecto, ¿la firma no sufre las clásicas complicaciones que tienen los emprendimientos familiares? ¿Cómo logran resolver esos temas?
Viola: Para mí lo más importante de este proyecto es que participa toda la familia. Empezamos con mi mujer y primero lo convoqué a mi hijo Julio. Él estaba estudiando publicidad y el negocio del vino fue prácticamente una convocatoria que fue muy bienvenida por él. Se convirtió en mi mano derecha de todas las cosas que íbamos desarrollando. Él se encarga de la parte de comercio exterior, de viajar y de colocar nuestro producto en el mundo. Y después, también se sumó Ana, mi hija.
Ana Viola: Yo veía todo desde afuera porque estaba terminando mi carrera de Medicina en Buenos Aires. Pero de a poco me fui interiorizando en el negocio y llegó un punto donde ya era inminente que iba a entrar en la empresa porque me gustaba mucho el tema de la marca y de mostrar una imagen sólida. Era necesario comunicarla y me atrapó el desafío.
Viola: Además, está el marido de Ana, Pedro Soraire, que está a cargo del área financiera de la empresa; y Mariam Yapur, que es la novia de mi hijo y ejerce como abogada. Somos seis al frente de este proyecto.

Cuando en 1996 comenzó, el emprendimiento parecía más un sueño que una realidad. El objetivo era convertir 3.200 hectáreas de desierto, que fueron compradas en u$s 3,2 millones, en un oasis productivo. Doce años después, el sueño se hizo realidad. Las plantaciones iniciales fueron realizadas en 1999, y desde entonces se plantaron 2.000 hectáreas de viñedos, de las cuales 800 conformaron el proyecto de Bodega del Fin del Mundo. La primera cosecha fue en 2002 y desde allí comenzaron a crecer y aún no han visto su techo.
El nombre nació en uno de los tantos viajes que Julio padre y Julio hijo realizaban por el mundo para saber más sobre vinos y para hacer conocido su producto que, hasta entonces, no tenía identidad. “El nombre sale de una situación curiosa con la esposa de un bodeguero francés muy importante –comenta Viola padre–. Es una señora muy culta, que había viajado mucho. Una vez que estábamos conversando y le pregunté qué pensaba de la Patagonia. Su respuesta fue clara: ‘Ah, la Patagonia, ¡la tierra del fin del mundo!`. Hice un click y me di cuenta de que ese debía ser el nombre”.
Hoy en día, Bodega del Fin del Mundo es una marca reconocida acá y en otros países. Además, sus dueños trabajaron mucho para romper un viejo mito. “Una bodega que haga vinos premium no tiene por qué ser boutique. Este cambio se produce gracias a la tecnología. Antes, los enólogos tenían que seguir muy de cerca todo el proceso; mientras que hoy en día, está todo automatizado. Los tanques tienen un circuito de agua fría o caliente, la temperatura se regula desde una sala y hay más de 200 tanques de acero inoxidable, todos con control automático de temperatura también”, agrega Julio padre.

Fortuna: ¿Considera que la crisis internacional puede afectar el negocios de la bodega?
Viola: Nosotros producimos lo que el mundo demanda. Cerramos nuestra primera exportación a fines de 2004, a Estados Unidos y a Holanda. Hoy exportamos a 28 países y siempre apuntamos al vino premium. Pero la crisis se está sintiendo.
Julio Viola hijo: Pegará fuerte, porque aunque todavía tenemos la inercia de las compras de fin de año, hay que ver qué pasa en los primeros meses de 2009. Puede que esta crisis genere buenas oportunidades para los vinos nacionales. Cuando empezamos a vender al exterior, el país estaba creciendo mucho en exportaciones de vino, y nosotros nos subimos a ese tren, pero pronto comenzamos un tren propio, el de la Patagonia. Ahora la región es una gran proveedora de vinos para el mundo.

Revista Fortuna

“El alto precio del vino es sólo marketing”

Con 82 años y desde los 30 dedicado al mundo de las letras y la gourmandise, Miguel Brascó tiene la locuacidad del que sabe y, en su caso, conoce la historia del vino de la A hasta la Z. Sobre cómo puede influir la crisis financiera en el comercio y consumo del vino sostiene que los argentinos se verán afectados, aunque el país está en una posición bastante protegida a nivel comercial, porque el ingreso de las principales bodegas está básicamente en el mercado interno y no en la exportación. “Es 4% a 96%, mientras que la industria vitivinícola chilena tiene una relación casi exactamente inversa”, sostiene. En relación a la caída en las exportaciones considera que no es algo tan importante como para preocupar a la industria, aunque aclara que “las más afectadas van a ser las bodegas chicas que producen un vino diseñado para el paladar del consumidor extranjero, que es diferente del gusto argentino”. A Brascó le preocupa esta situación por su magnitud: “El 10% de las bodegas comercializa el 80% de la producción y esto es otro problema, porque el otro 90% son cientos de PyMEs que se armaron principalmente para el negocio exportador y dentro del marketing americano”. Esas son hoy, a su entender, las bodegas más vulnerables.
Fotuna: ¿Cómo es el posicionamiento de la Argentina en la industria vitivinícola global?
Brascó: Nuestro país es el quinto productor y consumidor de vino del mundo y nítidamente pertenece a la cultura mediterránea, que comparte con Francia, Italia, España y Portugal. Esto implica que el consumidor toma el vino en la mesa, no fuera de ella. El resto del mundo toma poco vino en comparación, busca más la cerveza.
Fortuna: Eso es históricamente, pero ahora creció el consumo de vino a nivel mundial.
Brascó: A partir de los 80 Estados Unidos hizo un gran esfuerzo de marketing, tomó conciencia de que era imperio después de la Segunda Guerra y se lanzó a la conquista del mercado internacional y a la promoción de los vinos para sacarle puntos a la cerveza, sobre todo.
Fortuna: ¿Ahí es cuando comienza el despegue de la vinicultura local?
Brascó: Sí, porque la Argentina es un mercado muy susceptible a la influencia mediática y de los fashion americanos. Aclaro que no uso la palabra fashion por hobby en inglés, sino como una idea de la onda previa a una moda; que está estructurada, apoyada y difundida por un marketing muy activo como el de Estados Unidos.
Fortuna: ¿Se refiere a los medios de comunicación como creadores de tendencias?
Brascó: Sí, porque ellos tienen básicamente al cine como formador de costumbres, pero también a la TV y los medios gráficos, que no tienen como acá una tirada de 3.000 ejemplares sino de 300.000 para arriba. El movimiento americano es muy heavy e influye fácilmente en las culturas dependientes, como es la argentina.
Fortuna: Se dice que los americanos, como no tenían chateaux, se diferenciaron con los varietales.
Brascó: En realidad, como siempre que se hace un plan de conquista mundial, las bodegas de Estados Unidos primero atacaron a sus principales contrincantes, es decir a los vinos franceses, pero fracasaron. Entonces diseñaron un nuevo vino de aceptación universal para luchar contra Francia, que está en las antípodas del paladar y el estilo francés, que es aquel que se consume en el año de cosecha.
Fortuna: Cada uno tiene su público consumidor.
Brascó: Claro, no es que uno sea bueno y otro malo, es que unos son los tradicionales y los otros son una propuesta americana. Toda la fuerza del marketing de Estados Unidos tiene un efecto de conquistar todos los mercados, pero no en las franjas ABC1 sino en las inferiores.
Fortuna: ¿Cómo caracteriza a la industria del vino de la Argentina y Chile?
Brascó: A nuestro país le conviene que Chile venda vinos argentinos porque cuenta con una estructura de exportación que nosotros no tenemos: los chilenos tienen 200 años de ejercicio del comercio exterior y nosotros apenas 10. Sin embargo, corremos con ventaja; porque Chile al principio exportó a bajo precio por no tener calidad y como la Argentina no tenía calidad directamente no exportaba.
Fortuna: ¿Y cuál es la ventaja, entonces?
Brascó: Que cuando el país empezó a vender al exterior ya tenía una estructura económica firme para el mercado interno y se dio el lujo de exportar muy buenos vinos a precios altos. Entonces, los chilenos aprovechan esa imagen para comercializar vinos argentinos en el mundo y a los locales también les conviene porque sus vinos son exportados por Chile, que a nivel mundial tiene una enorme difusión.
Fortuna: ¿Qué opina sobre la gran explosión de pequeñas bodegas?
Brascó: Es parte de un fenómeno muy típico de la Argentina. Yo veo que se juntan tres tipos con plata, que no tienen la menor idea del vino ni tienen una estructura empresaria, compran uva en un lugar, lo elaboran en otro, manejan la operación desde Buenos Aires y así subsisten. Sacan un vino pensado y elaborado para la exportación, con etiquetas copiadas al estilo australiano con nombres indígenas, pero no tienen participación ni prestigio en el mercado interno.
Fortuna: ¿A qué bodeguero argentino admira o le sigue la trayectoria?
Brascó: Yo tengo 82 años y desde los 30 estoy en el ambiente, de manera que soy parte de la historia del vino en la Argentina y esa es una gran ventaja. Además, por mi trayectoria estoy vinculado con las bodegas no sólo de manera funcional sino también afectiva. Respeto mucho a Catena, que me parece el más lúcido y capaz de todos, no es un comerciante sino un entendido, que se hizo cargo de la bodega desde su posición de profesor de Macroeconomía en Berkeley. Pero, con sus más y sus menos, casi todos los bodegueros han aprendido a ser empresarios y hacen las cosas bien.
Fortuna: ¿Cómo trabajan particularmente esas empresas grandes?
Brascó: Las grandes bodegas locales tienen una estructura comercial muy fuerte y una distribución que llega a todo el país: consecuentemente son las que se llevan el negocio. A grandes rasgos, todas tienen las misma estructura de productos: abastecen el mercado interno con los vinos entre $ 5 y $ 30, que son aquellos que toma la gente a diario. Son vinos de características, aromas y sabores ciento por ciento argentinos y en ese sentido, con sus fluctuaciones según cada bodega, se mantienen firmes en su demanda local. En cambio los vinos de más de $ 30, que implican otro marketing para las bodegas, los piensan para la exportación: concentrados y de impacto.
Fortuna:¿Qué es lo que más disfruta de todas sus actividades?
Brascó: Yo disfruto todo lo que hago, salvo viajar que ahora me fatiga un poco, aunque mis curiosidades están satisfechas. Sé que la edad la voy a llevar conmigo a todas partes, el hecho de que estés en París no significa nada para la felicidad, eso es simple pintoresquismo (sic). Por ejemplo a París, ya no voy más, estoy aburrido de esa ciudad, ahora prefiero ir a Lyon.
Fortuna: ¿Del vino también se aburrió?
Brascó: No. Disfruto mucho tomando, pero me cuido porque no puedo tomar demasiado. Ahora, que estoy escribiendo el anuario con Fabricio Portelli, tenemos que probar cerca de 1.500 etiquetas, en dos degustaciones semanales que implican 30 botellas cada vez.
Fortuna: ¿Sigue entusiasmado al encarar una hoja en blanco?
Brascó: Para mi escribir siempre sigue siendo un gran placer, pero cuando no estoy presionado por un cierre de edición. Por suerte hice mi trabajo con dignidad, porque cuando me ofrecía como escritor pedía más honorarios que ninguno y si me decían que no, entonces no lo hacía. Por eso ahora me pagan más que a nadie, pero eso fue una conquista personal.
Fortuna: ¿Si tiene que elegir: blanco o tinto?
Brascó: Los tintos son más interesantes, más sensuales y tienen mayor complejidad que los blancos. Sin embargo a mi me gustan mucho, porque son más fáciles de tomar, fragantes y de disfrute.
Fortuna: ¿Qué vinos le gustan más?
Brascó: Los vinos más importantes del país vienen de Mendoza sin lugar a dudas. Yo defiendo los vinos de paladar argentino, que acarician en lugar de golpear. La gente confunde los vinos más caros con los mejores, pero no es así para nada: el alto precio del vino es sólo una cuestión de marketing.
Fortuna: ¿Qué tiene ganas de hacer el año próximo?
Brascó: Estoy al final de mi vida y, en realidad, mi ideal sería poderme retirar un poco y dedicarme a la literatura. Mi última novela (Quejido Guacho) fue un éxito, todo el mundo hablaba de mí pero terminé ganando 4.500 pesos y trabajé 7 meses: esto demuestra que no se puede ser escritor en la Argentina.

Patricio Ballesteros Ledesma
Revista Fortuna

domingo, 11 de enero de 2009

Cuando yo pongo una botella de vino en la mesa, ese vino o ese champagne hablan de mí.


"Llegué en septiembre de 2001; el ambiente era muy difícil. Venía de México, donde había sido presidenta de Nabisco, y a muy poco de llegar comencé a recorrer el país y la pobreza en el interior era de niveles muy importantes", recuerda.

-Curiosamente hay desde entonces aumento de la producción y de las exportaciones en el sector.

-Lo que para mí es increíblemente común entre mis experiencias en México y en la Argentina es que durante las crisis se transformaron las dos industrias. Después de 2001 en la Argentina se profundiza la transformación. El proceso comenzó en 1988; nosotros comenzamos entonces a hacer vinos aquí con el perfil del llamado "nuevo mundo". En 1998 nuestro grupo, que es muy exigente, nos aprobó el vino Terrazas, que es el equivalente a Gran, que hoy es el Afincado. Quedaron enamorados con la cosecha 1996, de Vistalba, y nos autorizaron a construir una marca para ir al mundo. Otros ya tenían productos así, como Luigi Bosca o Catena, y otros se fueron sumando. Yo fui viendo la evolución de la calidad y estalló la industria después de 2001; fue increíble la transformación que terminó beneficiando a todos. El consumidor hoy toma mejor vino; la industria está mucho mejor y más sólida; la gastronomía se hace acompañar de vinos y se transforma en una oferta fantástica para el turismo. El vino le da también un componente de imagen al valor de la tierra.

-¿Y con la crisis cómo va a continuar la industria?

-Yo creo que va a continuar el desarrollo, a tasas menores de las que se venían dando. En la crisis el consumidor no va a comprar lo más barato, sino que pasa de ser más racional, a buscar la mejor relación entre calidad y precio. Es por eso que en situaciones así las segundas marcas encuentran un espacio. O menores tamaños, para permitir que el consumidor pueda seguir accediendo a las marcas que prefiere. El vino está en un proceso de franco desarrollo y transformación, y el consumidor va a seguir interesado. Va a ser importante alinear los valores.

-¿Por qué?

-Porque como el crecimiento en volumen era tan rápido, el crecimiento en valor se quedó muy atrasado. Nosotros hemos manejado nuestros precios correctamente, pero muy pocos nos siguieron. En algunos casos vemos que se han ido acercando. Y no sólo el precio, sino también el manejo de la cadena comercial para garantizar la sanidad del producto es importante. Yo recuerdo que en México en 1993 tuve alguna experiencia dura, porque por una presión de la competencia pensé que podíamos compensar valor con volumen y en recesión es imposible. Hay que ir tan abajo en el precio, que la compensación es imposible. Yo creo que esta crisis será para la Argentina una gran oportunidad. Aquí podemos realizar productos de una gran calidad con precios bajos. Aquí la mejor tierra, que es Vistalba, en Mendoza, cuesta 80.000 dólares la hectárea. Una hectárea en la región de Champagne en Francia cuesta un millón de euros. Eso me lo enseñó una italiana cuando yo iba a las primeras degustaciones. Se acercó y probó Terrazas Malbec. Y me dijo: "Esto nunca lo podremos hacer, nunca podremos tener esta calidad a este precio por el alto costo". Creo que tenemos una gran oportunidad en el vino de arriba de 8 dólares y no abajo, porque aquí los impuestos son altos y los costos de transporte son enormes.

-El mercado local de vino común ha tenido problemas recientemente.

-Esa crisis viene desde hace tiempo. El consumidor en el mundo va a productos de más calidad y menos cantidad. En el vino, definitivamente. Y en la Argentina también, porque aquí está la cerveza en competencia con los vinos de bajo precio. Eso es inevitable que siga, porque los vinos y destilados tienen en el mundo una característica sólo comparable a los autos: son productos referenciales. Cuando yo pongo una botella de vino en la mesa, ese vino o ese champagne hablan de mí. El beneficio es la cantidad de gente que yo puedo vincular con esa marca. Y si digo cerveza, digo Quilmes -yo no tomo cerveza, en realidad-, que es una marca que la toman todas las clases. Es inevitable que el consumidor joven vaya en esa dirección. Cerveza y fernet han tenido un crecimiento muy importante. Hay que ver lo que tenemos que hacer.

-¿Lo que se hace con el Fondo Vitivinícola, por ejemplo?

-Allí están invirtiendo en campañas para tratar de promover el consumo. Eso es como que yo pidiera dinero para hacer una campaña para promover los faxes. Son tendencias... Hay que trabajar en la reconversión y trabajar a largo plazo.

Hace no muchos años en la Argentina los vinos eran de corte y se los reconocía, en general, por el nombre de la bodega productora, pero eso cambió en los últimos años.

-¿Cómo fueron las modificaciones en la demanda y la oferta?

-El consumidor salió de un tipo de vino y un concepto muy alineado con la marca, pero en los supermercados y vinotecas los vinos se alinean por variedad. Es por copiar como se hace en Francia, pero allí lo que ocurre es que el origen está por encima de las marcas. Y aquí la variedad no está por encima de la marca. Entonces obligaron a un consumidor que recién estaba empezando a vincularse sólo con la variedad. Pero, entonces, ¿qué se oye? Por el éxito que ha tenido afuera: malbec. Eso ha pisado el acelerador sobre el malbec y tenemos variedades como cabernet sauvignon, bonarda, syrah, merlot, con plantaciones maravillosas que podrían ser muy atractivas para los argentinos. Pero así como está organizada ahora la oferta está atomizada, desperdigada.

-¿Cómo debería ser la oferta?

-Como busca el consumidor, por marca y por precio. Entonces son las marcas las que invitan al consumidor a descubrir nuevas variedades. Esta categoría tiene una característica maravillosa, porque se compra por impulso. El desarrollo del vino está de la mano del desarrollo de las marcas. La industria, para tener equilibrio en una economía tan cíclica, tiene que trabajar con una composición bastante pareja entre la exportación y el mercado interno. En la sobrevaluación, compensa el mercado interno y en la devaluación lo hace la exportación.

Margareth Henriquez, nueva presidenta de Krug, una de las más prestigiosas marcas de champagneUna gran ocasión para el vino

Condujo Bodegas Chandon desde 2001 y cree que en la crisis la Argentina puede seguir ganando mercados externos

lanacion.com | Economía | Domingo 11 de enero de 2009

lunes, 5 de enero de 2009

Adentro de cada botella de vino hay miles de historias para comunicar.


Con 20 años, ganó el campeonato de los sommeliers argentinos: es la mejor. Ahora se prepara para representar al país en el concurso panamericano que se realizará en mayo. Aquí, cuenta cómo empezó y cómo vivió la final del concurso. Y revela algunos maridajes para enamorar. “Desde el punto de vista objetivo, el vino es la fermentación del jugo de uva por acción de las levaduras. Pero a nivel espiritual significa tanto. Y esto es tan poco tangible: adentro de cada botella hay historias impresionantes. Conocerlas, comunicarlas, conocer el vino y comunicarlo es lo que me da felicidad. El vino es magia, es todo”…

Historias y alcohol: estas palabras, juntas, hacen pensar en grandes escritores alcohólicos, como Joseph Roth, el autor de “La leyenda del santo bebedor”. Pero no está hablando un escritor viejo y cirrótico, sino una joven que acaba de cumplir 21 años, goza de muy buena salud y no escribe historias: es Agustina de Alba, que ganó el premio como Mejor Sommelier Argentina. Escuchándola, se entiende por qué triunfó: habla de su oficio con la pasión y el amor que distingue a los mejores.

Para algunos, que el campeonato fuera ganado por una chica de 20 años y recién recibida fue polémico. Hablaron de falta de experiencia, dijeron que se premiaba a la que más había estudiado y no a quienes tenían más trayectoria. El talento, se sabe, es un don: no necesariamente está hecho de experiencia.

¿Cómo viviste la final del campeonato de sommeliers?

Al principio, con muchos nervios. En el Four Seasons había 300 personas y el jurado. Nosotros pasábamos uno por uno, con un micrófono, y teníamos que resolver diferentes pruebas. No podíamos ver lo que hacían los demás participantes, así que tuve que esperar cuatro horas. Me puse los ipod, me relajé y ¡me quedé dormida en un sillón! Cuando me tocaba, me vinieron a despertar; ya en el escenario estuve super tranquila. Estaba feliz: estar en la final y poder mostrarle al mundo que era sommelier ya era suficiente.

Hablaste de historias en las botellas, contame una.

Este año participé de mi primera cosecha en Chateau Lepin, una de las bodegas más prestigiosas del mundo. Es una empresa familiar, que tiene dos hectáreas y media, en Burdeos. Para la época de la cosecha, invitan a amigos de todo el mundo. Vivíamos en una casa de huéspedes, esperando el día de la cosecha, que el enólogo iba postergando, a la espera de las condiciones ideales. La uva se selecciona grano por grano: trabajábamos doce horas por día. Cantábamos, nos contábamos nuestras vidas o pasábamos horas en silencio, concentradísimos. Todas esas historias están en cada botella.

¿Y cómo empezó la historia que te trajo hasta acá?

A mamá y a mi abuelo les encanta el vino. Y desde siempre me dejaban mojarme los labios, tomar un sorbito. Tengo el paladar acostumbrado al vino desde muy chica. La vocación la descubrí en un viaje que hice a los 15 años a Mendoza. A los 17 volví, sola, conseguí trabajo y me quedé. Hace unos días viajé para allá. Cuando me bajé del avión, sentí el olor y me largué a llorar, inmediatamente volví a sentir todas las emociones por las cosas que me habían pasado ahí.

Había descubierto lo que le gustaba y se jugó. Le dijo a su familia que se quedaba. Después volvió, estudió, trabajó en uno de los hoteles más importantes de Calafate, regresó, estudió más, ganó. Y sigue.

“Curiosamente, tengo menos ofertas laborales que antes de ganar el campeonato. Tal vez creen que ahora cobro una fortuna: señores, no es así. Podría trabajar muy bien en el exterior, pero ahora estoy bajo contrato con la Asociación Argentina de Sommeliers: en mayo vamos, con Marcelo Revolé, a representar al país al Concurso Panamericano de Sommeliers. Me estoy preparando”.

Fuente: La Razón