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domingo, 31 de mayo de 2009

La Argentina impuso el malbec y el torrontés; de a poco, el bonarda varietal suma medallas y litros de producción.

La afirmación de que el bonarda será la segunda variedad argentina en el mundo, es lo que se escucha cada vez más en el universo del vino.

Luego del malbec, es la que tiene el futuro más promisorio, porque seduce a los paladares locales y la demanda internacional.

Esto no es para menos, si tenemos en cuenta que el argentino siempre consumió y exportó bonarda en gran cantidad. Esta es la variedad que compone, en un cincuenta por ciento, el tradicional vino de mesa borgoña -la otra mitad corresponde al malbec-, etiqueta de lo más consumida hasta que estalló el boom de los varietales. Un ejemplo es la cantidad plantada: en el país hay 20.000 hectáreas plantadas con bonarda (el malbec sólo le gana por 5000 ha).

Es cierto que hasta hace unos años sólo se pensaba en la bonarda como uva de corte, ya que la gran masa de vinos básicos argentinos fue construida sobre la base del corte malbec-bonarda. Por eso siempre estuvo desvalorizada. Gracias a los premios foráneos y a la búsqueda de una nueva variedad que distinguiera el país, como lo son el malbec y el torrontés, la bonarda gana puntos en la escalera a la fama vitivinícola.

Hoy se la investiga cada vez más porque su flexibilidad permite a los enólogos hacer vinos particulares. Esta variedad se adapta para producir desde líneas jóvenes hasta las de altísima gama y premiadas internacionalmente; se produce como base para espumantes y hasta para caldos de postre o tardíos.

Uva elástica
Esta posibilidad de producir vinos de corte y etiquetas premium se debe a la maleabilidad de la uva, una de las características necesarias para esta amplitud de producción. Los enólogos locales y los internacionales coinciden en que la uva tiene éxito porque logra vinos fáciles de tomar, con mucho color, mucha fruta y taninos muy redondos.

Desde Italia, Andrea Dal Cin, de Masi, una bodega histórica de Valpolicella, al norte de Italia, propone una visión europea sobre la bonarda local. "En la Argentina son pocas las bodegas que empezaron a hacer vinos intensos, una característica intrínseca de esta variedad. La uva bonarda está olvidada en el resto del mundo; por eso, hay que investigarla, conocerla y plantarla. En el norte de Italia tiene muy baja producción por hectárea y mucho color, pero no se consigue el cuerpo que le sacan en la Argentina. También hay en Australia y en Estados Unidos, pero en la Argentina está la simbiosis ideal entre la tierra y el microclima de algunas zonas de Mendoza, como Tupungato."

Para Marcos Miguelez, enólogo de Dante Robino, trabajar con bonarda se asemeja al trabajo con malbec. "Es como si fuera el bruto y el malbec el refinado. Bruto en el buen sentido, con taninos muy dulces y redondos, aromas muy marcados a fruta y fácil de tomar". Desde el punto de vista de la elaboración, coincide en que se pueden hacer productos de guarda o de consumo diario. "Si se cosecha temprano se logra una nariz con aroma a frutilla fresca, y si se lo deja para que madure más y se concentre se va hacia las mermeladas. El color va de un rubí intenso al violáceo", propone Miguelez.

La recepción local
Para los enólogos que se propusieron lanzar la bonarda como uva protagónica y elaboraron los primeros varietales, la acogida no fue tan sencilla. El mercado local se sorprendió al escuchar que la uva del clásico borgoña se elaborase para alta gama y la industria lo miraba de reojo. "Algunos de los enólogos más antiguos no le ven el potencial como varietal, pero los taninos suaves son los que permiten realizar los distintos estilos", dice Miguelez.

Pero cuando empezó a deslumbrar y ganar concursos se incorporaron más bodegas en la movida. "Hoy hay una decena de ellas, y queremos que se sumen más, para reinstalar la variedad. Tenemos que convertirnos en los elaboradores de este modelo para conquistar el mundo, ya que la ventaja de la Argentina es ser multiétnica de varietales. Estamos convencidos de que el bonarda es la segunda variedad tinta argentina", asegura un contundente González.

El paladar internacional
La búsqueda del bonarda varietal se profundizó al evaluar el gusto internacional, especialmente el inglés, gran importador de vinos básicos y acostumbrado a comprar botellas que incluían gran porcentaje de esta cepa, fácil y con menor volumen alcohólico que otros vinos.

La tendencia actual es la de consumir vinos con menor nivel etílico, y el bonarda gana, con sus 13 grados, frente al malbec, de 15.

El origen, un debate
Se discute sobre si la variedad argentina viene de tradición francesa o italiana, y algunas investigaciones recientes la relacionan más con la variedad francesa.

"El origen de la uva que tenemos está en discusión; al principio se creía que el clon provenía de la bonarda piamontesa, pero hoy parece que proviene del corbeau francés ya que la de Italia es de poco rendimiento y muy concentrada", opina el enólogo Marcos Miguelez.

Sin embargo, el italiano Andrea Dal Cin augura un desafío importante para el bonarda, "porque es una variedad que proviene del norte de Italia y es autóctona de Venecia. La variedad es la italiana, y por suerte ahora se está cultivando más".

Desde el sector académico, Abel Furlán, profesor de Enología de la Universidad Juan Agustín Masa, explica que en realidad bonarda es una denominación de origen que corresponde a una zona de Italia. El vino de Bonarda (la región) se elabora en mayor proporción con la uva croatina, y en la Argentina lo que hay es corbeau. "Desde hace mucho se la llama bonarda porque la planta es muy parecida fisiológicamente. La verdadera bonarda es la croatina, pero en el país dio muy bien el corbeau."

La verdad es que aún no se sabe si la trajeron los italianos o los franceses, que vinieron con muchos varietales. "Son nombres que pusieron nuestros abuelos y perduraron en el tiempo; luego, con el estudio de ampelografía (ciencia que estudia las variedades de la vid) del INTA se dilucidaron algunas diferencias y denominaciones. Pero el tema del bonarda nunca se aclaró."

El consumo
A esta uva conocida como bonarda se la comercializaba antiguamente como tinta clase B, junto con el tempranillo y el sangiovese, mientras que las uvas tintas A eran malbec, cabernet, merlot y pinot noir.

Con el auge de los varietales, las bodegas las trabajaron mejor y las llamaron por su nombre. "La bonarda estaba muy bastardeada ?dice Miguelez?; lo mismo pasó con la malbec en su momento, hasta que explotó el tema de los varietales. Ambas son espectaculares para el consumidor actual, que busca taninos suaves y vinos fáciles de tomar, algo que no pasa con el fuerte cabernet. Con las gaseosas y las cervezas, es difícil adaptar el paladar joven a vinos más potentes, sobre todo en los consumidores de 30 y 40 años. Una generación que corresponde a una etapa en que la vitivinicultura estuvo ausente. Recién los chicos de 20 a 25, gracias al apoyo periodístico, están recuperando ese hábito."

¿Segundo o tercero?
Si la primera variedad argentina es el malbec, para ser estrictos, la realidad demuestra que la segunda en fama y reconocimiento mundial es el torrontés. Aunque está muy discutido el tema del prestigio, nuestra bonarda ostenta el tercer puesto. Pero si de preferencias tintas se trata, el segundo puesto se lo lleva sin chistar: elástica, bebible, de calidad y con muy buena inserción y comercialización en el mercado exterior.

Aunque el resto de las uvas tintas también dan vinos de primera calidad, cabernet o merlot hay en todo el mundo, y el bonarda no se comercializa en otro lugar.

Son numerosas las bodegas locales que se posicionan en la movida del bonarda; entre ellas, Luigi Bosca, Las Hormigas, Navarro Correas, Norton, Trapiche, Alta Vista, Zuccardi, Peñaflor, Dante Robino, Nieto Senetiner, RJ Viñedos, Sur de los Andes... Y muchas otras que están pensando en sumarse.

Extra / Cocina y vinos / ConsumoBonarda: Del borgoña de mesa a la medalla de oro

Durante mucho tiempo, el malbec fue el rey entre los tintos argentinos. Pero el bonarda, hasta hoy considerado "de corte", gana puntos y adeptos...

lanacion.com | Revista | Domingo 31 de mayo de 2009

martes, 28 de abril de 2009

Nació el museo de Colomé, inaugurado el 22 de abril en un cubo de piedra de 1680 m2.


Antes de ser bodeguero, el suizo Donald Hess, coleccionista de arte, embotellaba agua de un manantial alpino que, con la marca Valser, se convirtió en la mineral número uno de Suiza. Cuando el negocio del agua se concentró en cinco manos (Coca-Cola, Pepsi, Danone, Nestlé y Cadbury), decidió que era hora de mirar la vid y hacer de la producción de vino de alta gama un arte.

Lo hizo primero en Napa Valley, California, y luego amplió sus dominios al Alto Valle Calchaquí con la compra de la estancia Colomé, de la familia Dávalos, construida en 1831 en la localidad de Molinos. En ese lugar privilegiado, donde "el vino brota del arenal", produce varietales de exportación con uvas de los viñedos más altos del mundo, a 3000 metros sobre el nivel del mar.

Paralelamente, Donald Hess formó una colección de arte moderno y contemporáneo, rica en piezas de calidad museo, como la pintura de Francis Bacon, incluida en la retrospectiva del Museo del Prado, que acaba de mudarse al Met de Nueva York.

El arte ha sido, confiesa Hess sentado en la biblioteca del Palacio Duhau, una columna vertebral en su vida. Aunque su padre nunca compró un cuadro, la colección arrancó con el pie derecho, cuando eligió en la galería de una amiga un retrato de Ambroise Vollard, firmado por Picasso. Desde entonces, Hess siguió por la senda del arte contemporáneo con una característica particular: comprar obras de artistas vivos con los que puede intercambiar pensamientos, prácticas y proyectos.

Dice haber aprendido de los artistas las grandes lecciones de la vida. A su lado, para confirmarlo, está James Turrell, un hombre de bigotes imponentes, piloto, creador de un universo visual en el que interactúan sus investigaciones sobre la luz, las matemáticas y la relación entre el espacio y la percepción.

De la alianza de vino y arte, y de la amistad de Hess con Turrell nació el museo de Colomé, inaugurado el 22 de abril en un cubo de piedra de 1680 m2, que alberga un conjunto de instalaciones creadas por el artista que integran la colección Hess con base en Berna.

La obra de Turrell (California, 1943) adhiere al minimalismo de Dan Flavin y profundiza en los caminos de la contemplación, la meditación y el silencio como un camino de perfeccionamiento espiritual. El entorno de los valles es, para Turrell, una réplica del paisaje de Arizona, que imaginó siempre como el hábitat natural de su obra.

Desde la semana última, artista y bodeguero sienten que han cumplido un sueño al lograr que el arte y el vino convivieran bajo el mismo techo. El museo estará abierto todo el año y la entrada será libre y gratuita. James Turrell, antes de exponer en Colomé, exhibió sus instalaciones lumínicas en el Guggenheim y en el Whitney, de Nueva York; en el Macla, de California, y en la colección Panza di Biumo de Varese, Italia. Curioso destino, el de Colomé.

Martes visualesArte y vino, una alianza virtuosa

Por Alicia de Arteaga

lanacion.com | Cultura | Martes 28 de abril de 2009

miércoles, 18 de marzo de 2009

Los famosos quieren sus propios vinos.

Ya dejó de llamar la atención que un artista reconocido mundialmente reinvierta parte de sus ingresos y se ponga a producir su propio vino, para lucirse ante sus amigos o para diversificar sus inversiones. En este camino, estrellas de la talla de Francis Ford Coppola, Gérard Depardieu, Olivia Newton John y Cliff Richards son algunos de los que ya se iniciaron en este rubro, con suerte dispar. Pero ahora les llegó el turno al músico inglés Sting, que se hizo famoso en los años ?80 con The Police, y el español Antonio Banderas, quien saltó a la fama mundial de la mano de los films de Pedro Almodóvar.

Sting anunció que piensa producir vinos en su finca italiana de Toscana, conocida como "Il Palagio", donde va a elaborar 30.000 botellas de Chianti cada año, con las denominaciones de origen Chianti DOC y Tinto Toscano. Pero el músico también se lanzó a vender miel y aceite de oliva con la marca "Il Palagio Summer Family", según consigna la revista Hola.

Banderas, por su parte, decidió comprar el 50% de Anta Bodegas, ubicada en la región de Ribera del Duero. La bodega pasará a llamarse Anta Banderas, con el objetivo de conquistar el mercado estadounidense, donde el actor es muy conocido.

sábado, 6 de diciembre de 2008

El crecimiento de nuevos polos de producción es una constante en la vitivinicultura argentina.

Definitivamente el mapa vitivinícola ha cambiado de forma y tamaño en los últimos años. Inversores que descubren zonas aptas para el cultivo de la vid, cepajes nuevos con gran capacidad de adaptación, explotaciones vitivinícolas en donde hasta hace poco había fincas abandonadas; bodegas que se han trasladado a otros lugares y zonas que eran desérticas y que ahora muestran vastos paños de variedades no tradicionales, terruños elogiados en concursos y degustaciones internacionales. Estos son algunos de los cambios que se registran en la geografía del vino argentino.

A diferencia de otros países productores, Argentina cuenta con una gran diversidad: existen al menos seis regiones diferentes que producen vinos, con una gran oferta de variedades de uvas finas. El 70% de la oferta varietal corresponde a cepas tintas, a tono con la tendencia de consumo de vino en el mundo.

Pedernal, Ullum, Albardón y Sarmiento (San Juan), Chilecito y Castro Barros (La Rioja), Santa María (Catamarca), un “clásico” del norte como Cafayate en Salta y al Sur, San Patricio del Chañar (Neuquén), Alto Valle (Río negro) y el Hoyo (Chubut) son algunas de las zonas que emergen con mayor potencial y que aparecen como nuevas opciones para los inversionistas.
La diversificación territorial ya es un hecho: en nuestro país hay proyectos de producción desde La Rioja hasta Chubut. Buenas condiciones climáticas, menor costo de la tierra y beneficios impositivos aceleran esa tendencia a buscar nuevas opciones a Mendoza, principal polo productor del país.
La irrupción de nuevas zonas en el mapa vitivinícola nacional ha quedado reflejado también en la aparición de variedades que, hace 15 o 20 años, eran difíciles de imaginar. Así, a los clásicos Malbec, Cabernet Sauvignon, Chardonnay, se ha sumado Syrah, Bonarda, Tempranillo, Merlot, Semillón y otros más. Si bien el Malbec es la variedad insignia de la Argentina, hoy existen regiones cuyos cepajes se están conociendo cada vez más en todo el mundo, como el Torrontés de Cafayate (Salta), el Merlot del Valle de Uco (Mendoza), el Syrah de San Juan o el Sauvignon Blanc de Río Negro.

Los productores salteños, sanjuaninos y patagónicos, por ejemplo han encontrado la forma para ofrecer productos diferenciados y de excelente calidad. Si bien estas provincias se sumaron después de Chile y Mendoza a los nuevos requisitos de los principales mercados, los vinos finos de estas zonas siguen ganando lugares en los escaparates de negocios en todo el mundo.

De hecho ya hay más de veintena de nuevos emprendimientos en zonas menos tradicionales como Catamarca, Neuquén, Río Negro y Chubut que se reparten el 7% de las 250000 hectáreas cultivadas en el país, según datos del INV.

“La tendencia crecerá en los próximos años, fundamentalmente por grupos que ya tienen inversiones en Cuyo y buscan mejores opciones”, afirman en el sector.

Entre las razones aparecen entre las condiciones climáticas, los beneficios impositivos y el costo de la tierra, que en algunos casos es 40% más bajo que en Mendoza y San Juan.

San Juan: el click esperado.
Después de un largo pasado asociado a los vinos básicos, San Juan se perfila como la vedette de los próximos años. No sólo ha logrado posicionarse en el mercado premium –marca como Centenario, Finca Las Moras, Valbona, Cavas de Santo y Viñas de Segisa así lo acreditan-, sino que actualmente en las góndolas de los supermercados de Gran Bretaña y Estados unidos es posible encontrar algunos vinos tintos de San Juan a precios significativos.

Por eso no es de extrañar que muchas de las uvas que se producen en San Juan vayan a parar casi en su totalidad a vinos mendocinos. Según el ministro de economía de esa provincia Enrique Conti, la última temporada migraron desde San Juan a Mendoza unos 600 mil kilos de uva.

Enrique Thomas, presidente del Instituto Nacional de Vitivinicultura, consideró que “San Juan está sorprendiendo a consumidores exigentes del país”. Y arriesgó: “Hay un nuevo San Juan con una nueva vitivinicultura”.

Según la actualización del último censo vitícola del INV en esa provincia hay 47.000 hectáreas cultivadas con vid. El valle del Tulum, Pedernal, Ullum emergen con características privilegiadas para la producción de vinos de alta calidad, aunque también prometen otros valles cordilleranos como Calingasta, Jáchal, Huanacache e Iglesia, con temperaturas y alturas por demás interesantes.

San Juan es además el principal productor y exportador del país de pasas y de uva para consumo en fresco.

De la mano de un grupo de industriales, que visualizaron cuales son los productos que se comercializan con éxito a nivel mundial, la sangre nueva provocó en cierta forma un cambio en la mentalidad tradicional según la cual mucho viñateros se aferraron durante muchos años a un segmento de vinos común.

Pero no es todo color de rosa. En la provincia todavía hay algo de reticencia a los cambios, y siguen vigentes antiguas reglas y preferencias hacia las uvas comunes pero rendidoras. “Hay mucho potencial y zonas que se están descubriendo recién ahora”, apunta el consultor en temas agrícolas Favio Ghilino.

Cavas de Zonda, Fabril Alto Verde, Bórbore, Viñas de Segisa, Viñas del Campo, Millás, Nesman, Saint Remy, Graffigna y Don Doménico son, entre otras, alguna de las empresas que han apostado en la zona, algunas de ellas, marcaron el rumbo hace más de un siglo.

La Patagonia como Origen
El sur del País es otra región en plena proyección. Si se trata de puntualizar nuevas inversiones en lugares en donde hasta hace poco cultivar viñas era algo impensado, el caso de San Patricio del Chañar, en Neuquén, es emblemático. En 1995, el grupo inmobiliario la Inversora irrigó allí un área improductiva diseñó plantaciones y vendió a varios inversores las chacras ya plantadas, en una original alternativa agroindustrial “llave en mano”.

Para ello apostó en una zona de tierras que, hasta ese momento, eran marginales y no aptas para la producción y convirtió 1500 hectáreas frutícolas. Este año, luego de decidir la reconversión de los campos a viñedos debido a la crisis por la que atravesaba la fruticultura, inauguró allí la Bodega del Fin del Mundo, proyecto que demanda una inversión de 60 millones de dólares. Pero éste es un solo ejemplo de cómo avanzan los proyectos vitivinícolas fuera de Cuyo.

En esta zona también hay otros emprendimientos. Humberto Canale e Infinitus son las principales iniciativas en Río Negro y Weinert, en Chubut. A estas empresas hay que sumar a Lagarde, del grupo Pescarmona, que invertirá unos 5 millones de dólares en Neuquén, su primer proyecto fuera de Mendoza.

A paso lento pero firme, la región del Alto Valle del Río Negro está recuperando espacios en la producción vitivinícola. La reconversión viene de la mano de los cepajes para producir vinos de alta calidad.

El gobierno provincial y el INTA encararon un proyecto conjunto para resolver una de las dificultades que traban este proceso: la falta de plantas de calidad y variedad garantizadas que le permiten competir a la producción regional. Así, luego de varios años de retroceso, en la que la superficie cultivada se redujo de 18000 a 3000 hectáreas, ha reaparecido el interés por la actividad con un horizonte de demanda en suba y buena rentabilidad. El panorama se completa con la implantación de más de mil hectáreas en la región.

Tras los pasos de California.
En el Hoyo, un poblado de la Cordillera chubutense, se encuentran los viñedos más australes de América. En dos años los vinos producidos por la firma Patagonia Wines, propiedad del empresario radicado en Mendoza Bernardo Weinert, serán comercializados en países como Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Alemania y España. La firma proyecta construir una bodega en esa localidad para que todo el proceso de producción se concentre en Chubut ya que actualmente el vino es elaborado en Mendoza.

Weinert es brasileño, está radicado en Argentina y, a los 68 años, sueña con convertir a Chubut en la “California de los vinos de calidad”.

La zona reúne algunas condiciones básicas para la puesta en marcha de una producción vitícola: clima suave, temperaturas bajas y el varietal, entre floración y maduración, demora más tiempo. Las principales variedades plantadas son Merlot y Pinot Noir. También Chardonnay y recientemente incorporaron Gerwüztraminer y Riesling.

En Neuquén, el gobierno provincial tiene un plan de desarrollo productivo cuyo eje central son el fomento y la diversificación de la frutihorticultura y la producción de vinos finos.

Alto, cada vez más alto.
Otra de las regiones que puede estar en boca de los inversores e ingenieros agrónomos es el norte del país. “Los 1800 metros de altura de Cafayate y los 2100 de Catamarca son determinantes para la calidad de los vinos. Además, tampoco hay heladas y granizos que perjudiquen el negocio”. Así resumió el potencial de la región Félix Maldonado, técnico del INTA en Salta.

Además del Torrontés, las variedades Chardonnay, Malbec y Cabernet Sauvignon son las proferidas de la región. Hay varias Bodegas como La Rosa, Etchart, Domingo Hermanos, La Banda, Nanni, El Recreo, La Industria y hasta el prestigioso enólogo francés Michel Rolland se rindió ante el potencial vitivinícola salteño hace algunos años cuando decidió desarrollar un vino propio en la zona, asociado con Arnaldo Etchart en el emprendimiento San Pedro de Yacochuya.
En el corazón de los Valles Calchaquíes, está Cafayate, privilegiada por la fertibilidad de sus tierras y un microclima único. Produce, desde fines del siglo pasado, vino considerados entre los mejores de Argentina y del mundo, especialmente por su característico y premiado internacionalmente Torrontés.

En Catamarca, hace dos años se puso en marcha el Programa de Reconversión Varietal en Vid, impulsado desde el Ministerio de Producción y Desarrollo a fines de asistir a pequeños y medianos productores del sector.

El plan hizo cabecera en el departamento de Tinogasta y desde allí está previsto extenderlo al resto de los departamentos productores. El objetivo es llegar a producir una reconversión y beneficiar a un total de 80 productores.

Sobre el desarrollo de la actividad, Daniel Castillo, Secretario de Producción de Catamarca, dijo que “Tinogasta está resurgiendo en función de la calidad de los vinos finos” y recordó diversos premios internacionales que vinos catamarqueños, especialmente de ese departamento, obtuvieron recientemente.

Las autoridades provinciales y los propios productores de la zona coinciden en que las posibilidades son infinitas. De las 2600 hectáreas con viñedos que existen en la provincia, Tinogasta cuanta con el 70%.

El principal elemento diferenciador de la región es la altura sobre el nivel del mar. “De a poco se está imponiendo el concepto de vitivinicultura de altura y Tinogasta se encuentra entre 1200 y 2000 metros sobre el nivel del mar. La amplitud térmica que ronda los 20 grados, la composición del suelo y la marcha de la reconversión también son elementos que juegan a favor”, explicó Jorge Casas, jefe de la agencia INTA en Tinogasta. Otros departamentos que se proyectan entre las zonas de mayor futuro son Fiambalá y Belén.

En síntesis: No son pocos ni menores los cambios que muestra la vitivinicultura. De una actividad híper concentrada en una única provincia como Mendoza, la producción de vinos de alta calidad se ha dispersado por buena parte del país, pero con focos importantes en Río Negro, Catamarca, San Juan y Salta, lo cual hace pensar que en el mediano plazo el vino se encamina a ocupar un lugar más preponderante en la economía nacional.

Fuente: Estrategias & Mercados
Autor: Darío Gallardo