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domingo, 19 de julio de 2009

"Ya sabíamos que el consumo moderado de vino era bueno para el corazón, ahora también lo es para el cerebro"

Ya a mediados de los noventa, el recordado cardiocirujano René Favaloro no dudaba en recomendar tomar una copa de vino todos los días (o de whisky, también) para prevenir y contrarrestar las males que aquejan al corazón y que derivan del progresivo taponamiento de las arterias o aterosclerosis. Por aquel entonces, la ciencia comenzaba a dar con las primeras evidencias de los beneficios para la salud que reporta el consumo moderado de alcohol.

Desde entonces, es mucho lo que se ha dicho en favor del vino tinto, principalmente, y también de otras bebidas alcohólicas. Y aunque no todo ha sido luego ratificado por estudios científicos, lo cierto es que el abanico de beneficios para la salud confirmados es cada vez más amplio y excede el sistema cardiovascular.

Esta semana, por ejemplo, fueron presentados en Viena, Austria, en la Conferencia Internacional sobre Enfermedad de Alzheimer, los resultados de un estudio financiado por los Institutos Nacionales de Salud, de los Estados Unidos, que halló que el consumo moderado de bebidas alcohólicas -vino, principalmente- redujo un 37% el riesgo de desarrollar demencias como el Alzheimer.

"Nuestros hallazgos sugieren que un consumo reducido a moderado de alcohol puede reducir el riesgo de demencia -declaró la doctora Kaycee Sink, de la Universidad Wake Forest, en Estados Unidos, y principal autora del estudio-. Las actuales recomendaciones de no excederse de una copa al día para las mujeres y dos copas para los varones son respaldados por estos resultados."

"Ya sabíamos que el consumo moderado de vino era bueno para el corazón, ahora también lo es para el cerebro", escribió el doctor Daniel Martínez, coordinador de la Clínica de Demencias del Instituto de Neurología Cognitiva (Ineco), que participó del citado encuentro científico.

Así, hoy se le reconoce al consumo moderado y regular del vino tinto numerosos efectos benéficos asociados principalmente al poder antioxidante (ver ilustración) de algunos de sus componentes. Pero de todos esos beneficios, no hay duda de que el que más evidencias cuenta en su favor es la protección cardiovascular.

De cardiólogos y de enólogos
El consejo de Favaloro fue confirmado una década más tarde, en 2004, cuando se dieron a conocer los resultados de una de las investigaciones más relevantes de la cardiología: el estudio Interheart. Un equipo internacional encabezado por el doctor Salim Yusuf, de la Universidad McMaster, de Canadá, se propuso determinar cuáles son los principales factores de riesgo de la enfermedad cardíaca, y cuáles sus factores protectores, y para ello evaluaron a unas 29.000 personas en 52 países, incluida la Argentina.

Yusuf y sus colegas hallaron que el consumo moderado de bebidas alcohólicas -no sólo vino- efectivamente brinda protección contra el infarto. "Tomar entre una y dos copas diarias de bebidas alcohólicas en general reduce en un 10% el riesgo de sufrir infarto", dijo a LA NACION el doctor Rafael Díaz, coordinador en la Argentina del estudio Interheart, en Munich, el día mismo de la presentación en el Congreso Europeo de Cardiología de los resultados del Interheart.

Hasta la fecha, la explicación acerca de cómo el vino protege al corazón del infarto no es tan clara como el hecho de que, como corroboró Yusuf, esto ocurre en la vida real. Aun así, algo se sabe al respecto: los polifenoles, moléculas presentes en el vino entre las que se cuentan los ácidos fenólicos y los flavonoides, tendrían un efecto antioxidante sobre las arterias.

"La aterosclerosis es una enfermedad inflamatoria, producto de la oxidación causada por los radicales libres, que generan un envejecimiento arterial -explicó el doctor Roberto Peidro, director del Centro de Vida de la Fundación Favaloro-. Los flavonoides y fenoles del vino tienen un efecto antioxidante: actúan como un antiinflamatorio arterial."

"Se ha considerado que uno de los polifenoles, el resveratrol, era el elemento presente en el vino más importante para la salud, pero hoy se piensa que es el conjunto de los polifenoles el responsable", dijo el enólogo Roberto González, de la bodega Nieto Senetiner.

Estos compuestos, agregó el sommelier Carlos Maraniello, de la bodega Norton, "suelen encontrarse en mayor proporción en los vinos más jóvenes y con mayor cuerpo, ya que a medida que el vino evoluciona en la botella los polifenoles se van perdiendo".

Los polifenoles, coincidieron González y Maraniello, también pueden verse dañados por el mismo proceso de elaboración del vino. Cuanto más cuidado es éste, mayor concentración de polifenoles tendrá; de ahí que el precio del vino también sea un indicador de su poder antioxidante.
Antioxidante / Su poder descansa en unas moléculas llamadas polifenolesEl vino como herramienta de prevención

Además de reducir el riesgo de infarto, consumido en forma moderada puede disminuir las posibilidades de desarrollar demencias

lanacion.com | Ciencia/Salud | Domingo 19 de julio de 2009

lunes, 5 de enero de 2009

¿Cuál es el mejor vino?

Es lo primero que un consumidor pregunta cuando se codea con los expertos en la materia. Con todo, el mejor vino es una entelequia.
A poco de la publicación de varios ránkings dentro y fuera del país en busca del mejor vino, qué elegir, siguiéndolos. En cualquier reunión, en una sobremesa, en una presentación pública, ahí donde uno se topa con consumidores más o menos abrumados por la extensión y complejidad del mundo del vino, tiene lugar un diálogo inútil entre expertos y consumidores en busca de ayuda: ¿cuál es el mejor vino de argentina? La pregunta es incómoda y suele tener respuestas múltiples y variables según el ingenio del cuestionado…

Los menos lúcidos, como algunos sommeliers cortados con la tijera de los puntajes, se lanzan a recitar el ránking de Parker –el crítico gurú del vino en Estados Unidos- o los puntos Wine Spectator –la revista norteamericana más influyente- que recibieron por mail de alguna bodega interesada en empujar sus productos.

Por ejemplo, el ránking que acaba de publicar el Wine Advocate que lidera Robert Parker. La visita de su alfil, el catador Jay Miller, fue uno de esos acontecimientos que desvelaron a la industria el recién pasado 2008. Una cata de 468 vinos top para que el paladar privilegiado del ayudante les pusiera orden y orden de compra en los importadores del país del norte. Algo nada despreciable, que quede claro, pero poco útil de este lado del globo.

Todos los vinos rankeados son muy buenos, sin dudas, como Viña Cobos Malbec Marchiori Vineyard (según el ránking, el 2006 es el mejor de todos los vinos probados), Catena Zapata Alta, Doña Paula Malbec Selección de Bodega, Achával Ferrer Finca Mirador o Alto Vista Malbec Serenade y Alizarine. Conviene apuntar que no son etiquetas que uno vaya a la vinoteca amiga, las pida y las tenga. Son exclusivas, con precios que se miden en onzas de oro y cantidades entregadas a cuentagotas.

Cuál le gusta

Otro grupo de respuestas posibles son las que atinan quienes llevan más años en el ruedo. Para los memoriosos, la gracia está en aquellos vinos que ya no se consiguen y que los ponen en el limbo de los que pertenecen sin dejar entrar a los demás. Rutini 1994 o Trapiche Medalla 1992, por ejemplo. Si el consumidor se da cuenta del subterfugio, los aprieta un poco y ahí las respuestas son más o menos vagas, aunque coherentes: «el mejor vino es el que más te gusta,» dicen con razón. Y zanjan la cuestión por el costado subjetivo, sin orientar al perdido.

Otra posibilidad de respuesta está en las medallas. Como se ha dicho, hay concursos y concursos. Algunos muy serios y otros no tanto. Y la gracia de obtener una medalla es que luego se las puede lucir en las botellas, como un índice de calidad irreprochable. Oro en Los Ángeles, en Citadelles du Vin, en Bruxelles, en un Mundial de… Pero el problema de las medallas es que, a menos que sean grandes o dobles medallas, el resultado se parece mucho al de Miller-Parker, donde 158 vinos obtuvieron más de 90 puntos en una escala de 100 y ahí, responder cuál es el mejor, es una tarea sin sentido.

Un último grupo de sensatos, quizás restauranters, vinotequeros y bodegueros que llevan años en el negocio, dirán que el mejor vino es aquel que está disponible, con buena calidad, regularmente a la mano y a precios que juegan a favor del consumidor. Dirán: «lo difícil no es hacer un gran vino, sino hacer uno bueno todos los años.» Como los tan singulares López, los Finca Flichman, los Trapiche Fond de Cave, La Linda, Latitud 33 y los Cardos.

Y ahí hay que mirar a la góndola antes que al ránking. Hay que bajar los humos de la pregunta y buscar aquella etiqueta que pueda ocupar un lugar vivo en la mesa y no uno constelar en la estratósfera. En ese caso, si la curiosidad sobre el mejor persiste, se puede recurrir a alguna guía que tenga en cuenta estos criterio y que se sostengan en el tiempo. Austral Spectator es un buen ejemplo. Su sexta edición, la 2009, ya está a la venta con los 69 vinos que obtuvieron los más altos puntajes (en orden alfabético, no de ránking) y casi 1.200 etiquetas catadas. Sus resultados coinciden en general con el listado de Millar-Parker y tantos otros, porque los vinos hacen buen mérito.

Fuente: La Mañana de Neuquén

sábado, 6 de diciembre de 2008

El crecimiento de nuevos polos de producción es una constante en la vitivinicultura argentina.

Definitivamente el mapa vitivinícola ha cambiado de forma y tamaño en los últimos años. Inversores que descubren zonas aptas para el cultivo de la vid, cepajes nuevos con gran capacidad de adaptación, explotaciones vitivinícolas en donde hasta hace poco había fincas abandonadas; bodegas que se han trasladado a otros lugares y zonas que eran desérticas y que ahora muestran vastos paños de variedades no tradicionales, terruños elogiados en concursos y degustaciones internacionales. Estos son algunos de los cambios que se registran en la geografía del vino argentino.

A diferencia de otros países productores, Argentina cuenta con una gran diversidad: existen al menos seis regiones diferentes que producen vinos, con una gran oferta de variedades de uvas finas. El 70% de la oferta varietal corresponde a cepas tintas, a tono con la tendencia de consumo de vino en el mundo.

Pedernal, Ullum, Albardón y Sarmiento (San Juan), Chilecito y Castro Barros (La Rioja), Santa María (Catamarca), un “clásico” del norte como Cafayate en Salta y al Sur, San Patricio del Chañar (Neuquén), Alto Valle (Río negro) y el Hoyo (Chubut) son algunas de las zonas que emergen con mayor potencial y que aparecen como nuevas opciones para los inversionistas.
La diversificación territorial ya es un hecho: en nuestro país hay proyectos de producción desde La Rioja hasta Chubut. Buenas condiciones climáticas, menor costo de la tierra y beneficios impositivos aceleran esa tendencia a buscar nuevas opciones a Mendoza, principal polo productor del país.
La irrupción de nuevas zonas en el mapa vitivinícola nacional ha quedado reflejado también en la aparición de variedades que, hace 15 o 20 años, eran difíciles de imaginar. Así, a los clásicos Malbec, Cabernet Sauvignon, Chardonnay, se ha sumado Syrah, Bonarda, Tempranillo, Merlot, Semillón y otros más. Si bien el Malbec es la variedad insignia de la Argentina, hoy existen regiones cuyos cepajes se están conociendo cada vez más en todo el mundo, como el Torrontés de Cafayate (Salta), el Merlot del Valle de Uco (Mendoza), el Syrah de San Juan o el Sauvignon Blanc de Río Negro.

Los productores salteños, sanjuaninos y patagónicos, por ejemplo han encontrado la forma para ofrecer productos diferenciados y de excelente calidad. Si bien estas provincias se sumaron después de Chile y Mendoza a los nuevos requisitos de los principales mercados, los vinos finos de estas zonas siguen ganando lugares en los escaparates de negocios en todo el mundo.

De hecho ya hay más de veintena de nuevos emprendimientos en zonas menos tradicionales como Catamarca, Neuquén, Río Negro y Chubut que se reparten el 7% de las 250000 hectáreas cultivadas en el país, según datos del INV.

“La tendencia crecerá en los próximos años, fundamentalmente por grupos que ya tienen inversiones en Cuyo y buscan mejores opciones”, afirman en el sector.

Entre las razones aparecen entre las condiciones climáticas, los beneficios impositivos y el costo de la tierra, que en algunos casos es 40% más bajo que en Mendoza y San Juan.

San Juan: el click esperado.
Después de un largo pasado asociado a los vinos básicos, San Juan se perfila como la vedette de los próximos años. No sólo ha logrado posicionarse en el mercado premium –marca como Centenario, Finca Las Moras, Valbona, Cavas de Santo y Viñas de Segisa así lo acreditan-, sino que actualmente en las góndolas de los supermercados de Gran Bretaña y Estados unidos es posible encontrar algunos vinos tintos de San Juan a precios significativos.

Por eso no es de extrañar que muchas de las uvas que se producen en San Juan vayan a parar casi en su totalidad a vinos mendocinos. Según el ministro de economía de esa provincia Enrique Conti, la última temporada migraron desde San Juan a Mendoza unos 600 mil kilos de uva.

Enrique Thomas, presidente del Instituto Nacional de Vitivinicultura, consideró que “San Juan está sorprendiendo a consumidores exigentes del país”. Y arriesgó: “Hay un nuevo San Juan con una nueva vitivinicultura”.

Según la actualización del último censo vitícola del INV en esa provincia hay 47.000 hectáreas cultivadas con vid. El valle del Tulum, Pedernal, Ullum emergen con características privilegiadas para la producción de vinos de alta calidad, aunque también prometen otros valles cordilleranos como Calingasta, Jáchal, Huanacache e Iglesia, con temperaturas y alturas por demás interesantes.

San Juan es además el principal productor y exportador del país de pasas y de uva para consumo en fresco.

De la mano de un grupo de industriales, que visualizaron cuales son los productos que se comercializan con éxito a nivel mundial, la sangre nueva provocó en cierta forma un cambio en la mentalidad tradicional según la cual mucho viñateros se aferraron durante muchos años a un segmento de vinos común.

Pero no es todo color de rosa. En la provincia todavía hay algo de reticencia a los cambios, y siguen vigentes antiguas reglas y preferencias hacia las uvas comunes pero rendidoras. “Hay mucho potencial y zonas que se están descubriendo recién ahora”, apunta el consultor en temas agrícolas Favio Ghilino.

Cavas de Zonda, Fabril Alto Verde, Bórbore, Viñas de Segisa, Viñas del Campo, Millás, Nesman, Saint Remy, Graffigna y Don Doménico son, entre otras, alguna de las empresas que han apostado en la zona, algunas de ellas, marcaron el rumbo hace más de un siglo.

La Patagonia como Origen
El sur del País es otra región en plena proyección. Si se trata de puntualizar nuevas inversiones en lugares en donde hasta hace poco cultivar viñas era algo impensado, el caso de San Patricio del Chañar, en Neuquén, es emblemático. En 1995, el grupo inmobiliario la Inversora irrigó allí un área improductiva diseñó plantaciones y vendió a varios inversores las chacras ya plantadas, en una original alternativa agroindustrial “llave en mano”.

Para ello apostó en una zona de tierras que, hasta ese momento, eran marginales y no aptas para la producción y convirtió 1500 hectáreas frutícolas. Este año, luego de decidir la reconversión de los campos a viñedos debido a la crisis por la que atravesaba la fruticultura, inauguró allí la Bodega del Fin del Mundo, proyecto que demanda una inversión de 60 millones de dólares. Pero éste es un solo ejemplo de cómo avanzan los proyectos vitivinícolas fuera de Cuyo.

En esta zona también hay otros emprendimientos. Humberto Canale e Infinitus son las principales iniciativas en Río Negro y Weinert, en Chubut. A estas empresas hay que sumar a Lagarde, del grupo Pescarmona, que invertirá unos 5 millones de dólares en Neuquén, su primer proyecto fuera de Mendoza.

A paso lento pero firme, la región del Alto Valle del Río Negro está recuperando espacios en la producción vitivinícola. La reconversión viene de la mano de los cepajes para producir vinos de alta calidad.

El gobierno provincial y el INTA encararon un proyecto conjunto para resolver una de las dificultades que traban este proceso: la falta de plantas de calidad y variedad garantizadas que le permiten competir a la producción regional. Así, luego de varios años de retroceso, en la que la superficie cultivada se redujo de 18000 a 3000 hectáreas, ha reaparecido el interés por la actividad con un horizonte de demanda en suba y buena rentabilidad. El panorama se completa con la implantación de más de mil hectáreas en la región.

Tras los pasos de California.
En el Hoyo, un poblado de la Cordillera chubutense, se encuentran los viñedos más australes de América. En dos años los vinos producidos por la firma Patagonia Wines, propiedad del empresario radicado en Mendoza Bernardo Weinert, serán comercializados en países como Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Alemania y España. La firma proyecta construir una bodega en esa localidad para que todo el proceso de producción se concentre en Chubut ya que actualmente el vino es elaborado en Mendoza.

Weinert es brasileño, está radicado en Argentina y, a los 68 años, sueña con convertir a Chubut en la “California de los vinos de calidad”.

La zona reúne algunas condiciones básicas para la puesta en marcha de una producción vitícola: clima suave, temperaturas bajas y el varietal, entre floración y maduración, demora más tiempo. Las principales variedades plantadas son Merlot y Pinot Noir. También Chardonnay y recientemente incorporaron Gerwüztraminer y Riesling.

En Neuquén, el gobierno provincial tiene un plan de desarrollo productivo cuyo eje central son el fomento y la diversificación de la frutihorticultura y la producción de vinos finos.

Alto, cada vez más alto.
Otra de las regiones que puede estar en boca de los inversores e ingenieros agrónomos es el norte del país. “Los 1800 metros de altura de Cafayate y los 2100 de Catamarca son determinantes para la calidad de los vinos. Además, tampoco hay heladas y granizos que perjudiquen el negocio”. Así resumió el potencial de la región Félix Maldonado, técnico del INTA en Salta.

Además del Torrontés, las variedades Chardonnay, Malbec y Cabernet Sauvignon son las proferidas de la región. Hay varias Bodegas como La Rosa, Etchart, Domingo Hermanos, La Banda, Nanni, El Recreo, La Industria y hasta el prestigioso enólogo francés Michel Rolland se rindió ante el potencial vitivinícola salteño hace algunos años cuando decidió desarrollar un vino propio en la zona, asociado con Arnaldo Etchart en el emprendimiento San Pedro de Yacochuya.
En el corazón de los Valles Calchaquíes, está Cafayate, privilegiada por la fertibilidad de sus tierras y un microclima único. Produce, desde fines del siglo pasado, vino considerados entre los mejores de Argentina y del mundo, especialmente por su característico y premiado internacionalmente Torrontés.

En Catamarca, hace dos años se puso en marcha el Programa de Reconversión Varietal en Vid, impulsado desde el Ministerio de Producción y Desarrollo a fines de asistir a pequeños y medianos productores del sector.

El plan hizo cabecera en el departamento de Tinogasta y desde allí está previsto extenderlo al resto de los departamentos productores. El objetivo es llegar a producir una reconversión y beneficiar a un total de 80 productores.

Sobre el desarrollo de la actividad, Daniel Castillo, Secretario de Producción de Catamarca, dijo que “Tinogasta está resurgiendo en función de la calidad de los vinos finos” y recordó diversos premios internacionales que vinos catamarqueños, especialmente de ese departamento, obtuvieron recientemente.

Las autoridades provinciales y los propios productores de la zona coinciden en que las posibilidades son infinitas. De las 2600 hectáreas con viñedos que existen en la provincia, Tinogasta cuanta con el 70%.

El principal elemento diferenciador de la región es la altura sobre el nivel del mar. “De a poco se está imponiendo el concepto de vitivinicultura de altura y Tinogasta se encuentra entre 1200 y 2000 metros sobre el nivel del mar. La amplitud térmica que ronda los 20 grados, la composición del suelo y la marcha de la reconversión también son elementos que juegan a favor”, explicó Jorge Casas, jefe de la agencia INTA en Tinogasta. Otros departamentos que se proyectan entre las zonas de mayor futuro son Fiambalá y Belén.

En síntesis: No son pocos ni menores los cambios que muestra la vitivinicultura. De una actividad híper concentrada en una única provincia como Mendoza, la producción de vinos de alta calidad se ha dispersado por buena parte del país, pero con focos importantes en Río Negro, Catamarca, San Juan y Salta, lo cual hace pensar que en el mediano plazo el vino se encamina a ocupar un lugar más preponderante en la economía nacional.

Fuente: Estrategias & Mercados
Autor: Darío Gallardo

lunes, 14 de julio de 2008

El vino tinto es un elixir que alarga la vida y mata las penas.

NUEVA YORK.? El vino tinto podría ser mucho más potente de lo que se pensaba para extender la expectativa de vida, afirman investigadores en un reciente informe que podría dar ímpetu al creciente campo de las drogas para la longevidad.

El estudio se basó en la administración a ratones de resveratrol, un ingrediente que se encuentra en algunos vinos tintos. Ya hay científicos que están tomando resveratrol en cáp-sulas, pero otros piensan que se debe esperar hasta que haya más datos sobre su seguridad y efectividad.

Si bien los científicos serios coquetean desde hace mucho con la idea de elixires que extiendan la vida, ahora se ha abierto la puerta a las drogas que explotan un antiguo mecanismo de supervivencia, que desvía los recursos de nuestro organismo de la fertilidad al mantenimiento. La mejora en el estado de los tejidos parece extender la vida, al reducir las enfermedades degenerativas del envejecimiento.

Este reflejo puede ser desencadenado por una dieta muy severa, conocida como restricción calórica, que extiende la vida de los roedores en el laboratorio hasta un 30%, pero es demasiado estricta para la mayoría de las personas. Hace alrededor de 20 años, el doctor Leonard Guarente, del Massachusetts Institute of Technology, mostró que este reflejo puede ser activado por unas proteínas del propio organismo: las sirtuinas. Un ex estudiante de Guarente, el doctor David Sinclair, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard, descubrió en 2003 que las sirtuinas pueden ser activadas por algunos compuestos naturales, como el resveratrol.

El y otros han probado los efectos del resveratrol en ratones, especialmente en dosis mucho más altas que las que tiene el vino tinto. Uno de los resultados más espectaculares fue obtenido el año pasado por el doctor Johan Auwerx, del Instituto de Genética y Biología Molecular y Celular de Illkirch, Francia. Mostró que el resveratrol podría convertir a los ratones más sedentarios en atletas.

La compañía Sirtris, mientras tranto, ha estado sometiendo a prueba el resveratrol y otras drogas que activan las sirtuinas. En abril, Sirtris informó que su formulación del resveratrol, llamado SRT501, reduce los niveles de glucosa en pacientes diabéticos.

Otro equipo, conducido por Tomas A. Prolla y Richard Weindruch, de la Universidad de Wisconsin, informó en la revista PLoS One que el resveratrol podría ser efectivo en ratones y seres humanos en dosis muy inferiores a lo que previamente se creía necesario.

En estudios anteriores, como los del doctor Auwerx, a los animales se les daban cantidades de resveratrol equivalentes a las que se obtendrían de tomar más de 100 botellas de vino por día. Los científicos de Wisconsin utilizaron una dosis equivalente a sólo 35 botellas. Pero el vino tinto contiene muchos otros compuestos que también pueden ser beneficiosos. Si se los toma en cuenta, tanto como el mayor ritmo metabólico de los ratones, apenas un vaso de vino "comienza a acercarse" a la cantidad de resveratrol que sería efectiva, según dijo Weindruch. Los investigadores de Wisconsin llegaron a la conclusión de que el resveratrol puede imitar muchos de los efectos de una dieta de restricción calórica en dosis que pueden alcanzarse en seres humanos. La efectividad de bajas dosis, sin embargo, no fue probada directamente, sino en un chip de ADN que mide cambios en la actividad de los genes.
NUEVA YORK.? El vino tinto podría ser mucho más potente de lo que se pensaba para extender la expectativa de vida, afirman investigadores en un reciente informe que podría dar ímpetu al creciente campo de las drogas para la longevidad.

El estudio se basó en la administración a ratones de resveratrol, un ingrediente que se encuentra en algunos vinos tintos. Ya hay científicos que están tomando resveratrol en cáp-sulas, pero otros piensan que se debe esperar hasta que haya más datos sobre su seguridad y efectividad.

Si bien los científicos serios coquetean desde hace mucho con la idea de elixires que extiendan la vida, ahora se ha abierto la puerta a las drogas que explotan un antiguo mecanismo de supervivencia, que desvía los recursos de nuestro organismo de la fertilidad al mantenimiento. La mejora en el estado de los tejidos parece extender la vida, al reducir las enfermedades degenerativas del envejecimiento.

Este reflejo puede ser desencadenado por una dieta muy severa, conocida como restricción calórica, que extiende la vida de los roedores en el laboratorio hasta un 30%, pero es demasiado estricta para la mayoría de las personas. Hace alrededor de 20 años, el doctor Leonard Guarente, del Massachusetts Institute of Technology, mostró que este reflejo puede ser activado por unas proteínas del propio organismo: las sirtuinas. Un ex estudiante de Guarente, el doctor David Sinclair, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard, descubrió en 2003 que las sirtuinas pueden ser activadas por algunos compuestos naturales, como el resveratrol.

El y otros han probado los efectos del resveratrol en ratones, especialmente en dosis mucho más altas que las que tiene el vino tinto. Uno de los resultados más espectaculares fue obtenido el año pasado por el doctor Johan Auwerx, del Instituto de Genética y Biología Molecular y Celular de Illkirch, Francia. Mostró que el resveratrol podría convertir a los ratones más sedentarios en atletas.

La compañía Sirtris, mientras tranto, ha estado sometiendo a prueba el resveratrol y otras drogas que activan las sirtuinas. En abril, Sirtris informó que su formulación del resveratrol, llamado SRT501, reduce los niveles de glucosa en pacientes diabéticos.

Otro equipo, conducido por Tomas A. Prolla y Richard Weindruch, de la Universidad de Wisconsin, informó en la revista PLoS One que el resveratrol podría ser efectivo en ratones y seres humanos en dosis muy inferiores a lo que previamente se creía necesario.

En estudios anteriores, como los del doctor Auwerx, a los animales se les daban cantidades de resveratrol equivalentes a las que se obtendrían de tomar más de 100 botellas de vino por día. Los científicos de Wisconsin utilizaron una dosis equivalente a sólo 35 botellas. Pero el vino tinto contiene muchos otros compuestos que también pueden ser beneficiosos. Si se los toma en cuenta, tanto como el mayor ritmo metabólico de los ratones, apenas un vaso de vino "comienza a acercarse" a la cantidad de resveratrol que sería efectiva, según dijo Weindruch. Los investigadores de Wisconsin llegaron a la conclusión de que el resveratrol puede imitar muchos de los efectos de una dieta de restricción calórica en dosis que pueden alcanzarse en seres humanos. La efectividad de bajas dosis, sin embargo, no fue probada directamente, sino en un chip de ADN que mide cambios en la actividad de los genes.
Nuevos estudios en EE.UU.Afirman que gracias al vino tinto se puede vivir más y mejor

Reduce las enfermedades degenerativas

lanacion.com | Ciencia/Salud | Lunes 14 de julio de 2008

viernes, 4 de julio de 2008

Historia del vino

Orígenes del vino hasta nuestros días

Según cuentan historiadores, el vino nació en las montañas Zagros del oeste de Irán, en las montañas Taurus de Turquía o en el Cáucaso, pero fue un descubrimiento tan increíble que se extendió con gran rapidez, siendo su nombre parecido en la mayor parte de las lenguas: wajnu en protosemítico y woi-no en indoeuropeo.

Asimismo, a lo largo de la historia se ha destacado la distinción entre el vino (placer de la élite en la antigüedad) y la cerveza (consumida por las masas), ya que ésta es un invento científico, mientras que el vino puede producirse de manera natural. Combinando superstición poética y espíritu práctico, en la antigüedad se atribuyó al vino cualidades misteriosas y, al mismo tiempo, se le dio una serie de usos muy pedestres. La resurrección anual de la vid, las facultades de autotransformación de la uva y el éxtasis mágico del vino se asociaban con mitos y deidades, desde Baco a Cristo. No obstante, el Islam tomó en dirección contraria y lo desacralizó, ya que Mahoma consideraba que el vino nublaba y condenaba las almas, y corno la perdición era más temible que la muerte, el vino fue prohibido.

Los griegos y los romanos democratizaron el consumo de vino. Los filósofos debatían grandes ideas en los simposios (syn, "con", + posis, "bebida"), pero todos lo tomaban, hasta los esclavos. Así, no pasó mucho tiempo hasta convertirse en un buen negocio, incluso los egipcios colocaban en las jarras sellos de arcilla que contenían información sobre el contenido y sus orígenes. Para el siglo III a.C, el vino ya constituía un mercado floreciente en Grecia, y había unos doscientos bares en Pompeya antes de que tuviera lugar la madre de todas las resacas en el año 79 d.C.

Lo cierto es que, más allá de la cultura y religión que se haya profesado, desde un primer momento, se consideró al vino algo místico y peligroso, mientras se le atribuían propiedades nutritivas y medicinales. En el curso de su historia, casi siempre se consumió el vino como acompañamiento de las comidas, por lo que también se lo consideró alimenticio, fortalecedor y fuente de energía.

Historia de la vitivinicultura en Argentina

De acuerdo a la historia, cuando el español salió en busca de las Indias, llevaba el vino como compañero, y el sacerdote que también formó parte de la cruzada, lo lleva para reproducir diariamente el milagro divino. Indudablemente, el vino llegó a América de mano de los conquistadores, quienes plantaron vides para poder continuar con sus costumbres.

En nuestro país, la historia de la vitivinicultura se remonta a esa época al estar el cultivo de la vid estrechamente unido con las prácticas agrícolas del colono español. A mediados del siglo XVI, los conquistadores llevaron a Cuzco las primeras plantas de vid, de la especie Vitis vinífera. En 1551, fue conducida a Chile y, seis años después, introducida a Argentina por vecinos de Santiago del Estero, desde donde se propagó el cultivo hacia el centro, oeste y noroeste del país.

Si bien no hay datos exactos sobre la fecha de implantación de los primeros viñedos en Mendoza y San Juan, algunos historiadores creen que primero se realizaron en esta última, entre los años 1569 y 1589, por lo que puede decirse que Vitis vinífera llegó a la República Argentina a mediados del siglo XVI.

Con ello, los colonizadores no sabían que, además de crear ciudades, se estaba poniendo la semilla de una actividad que estaría ligada para siempre con la vida espiritual y económica de sus poblaciones, la de la vid y el vino.

Favorecida por óptimas condiciones climáticas y de suelo, la vitivinicultura se fue extendiendo, principalmente, en las provincias andinas. Al comienzo se producían vinos en volumen reducido, limitado a satisfacer las necesidades de las pequeñas comunidades de la colonia. La elaboración era rudimentaria, doméstica, y un procedimiento generalizado entre los viñateros, quienes llegaron a obtener productos de buena calidad.

A partir de 1853, importantes hechos transformaron la región vinícola más importante del país, principalmente fortalecido y dinamizado con la instalación, en 1884, del ferrocarril que vinculaba a Mendoza y San Juan con Buenos Aires. De allí en más, las provincias cuyanas se convirtieron en proveedoras de productos fruti-hortícolas y, en especial, de vino para abastecer al mercado nacional y, en menor escala, al internacional a través del puerto de Buenos Aires.

Otro hecho importante fue el dictado de leyes de aguas y tierras, pero el más decisivo fue el aporte de una gran corriente inmigratoria europea, a fines del siglo XIX y principios del XX, compuesta por hombres conocedores del quehacer vitivinícola, provocando un cambio esencial en el cultivo de la vid. Estos inmigrantes trajeron consigo nuevas técnicas de cultivo, otras variedades de vid para la elaboración de vinos de calidad, que encontraron en nuestro país un hábitat ideal para su desarrollo, y la innovación de las prácticas enológicas utilizadas en las bodegas, así como también ciertas denominaciones de sus lugares de origen.

Otro de los hechos que más incidió en la historia de nuestra vitivinicultura es la importancia otorgada a la capacitación y perfeccionamiento de los técnicos, prueba de ello es la creación de la Bodega de la Escuela de Enología de la Quinta Agronómica en ciudad de Mendoza a principios de 1900, convirtiendo la actividad en un movimiento basado en la ciencia y el estudio.

martes, 1 de julio de 2008

La bodega en casa.


Cada vino tiene su historia. Su cosecha, cepaje y origen esconden un placer que lo hace único. Como estos elementos, la guarda es clave para conservar y potenciar sus virtudes. Desde rincones íntimos hasta verdaderas cavas privadas, existen múltiples propuestas para armar una bodega en casa.

Para cualquier opción, los especialistas recomiendan respetar una premisa: para que un vino evolucione correctamente hay que "molestarlo" lo menos posible. El ABC de una guarda indica que deben permanecer en condiciones constantes de temperatura (12º a 17º), humedad (60 a 80 por ciento) y luminosidad tenue.

Lo ideal es que la bodega tenga su espacio propio. "Para construir una cava, hay que planificar una bodega con un mínimo de 300 a 1.500 botellas. Se debe estimar unas 65 botellas por metro cuadrado", explica el arquitecto mendocino Mario Yanzón. Una cava base podría tener 9 metros cuadrados. El arquitecto Alberto Díaz Navarro aconseja "utilizar pisos pétreos o adoquines de quebracho; y que los revoques de las paredes sean permeables a la humedad de la tierra".

Claro que, para hacer una cava, hay que estimar una inversión superior a los $ 10.000. Díaz Navarro propone algunas alternativas, como reciclar un baño o un placard. Lo importante es que el espacio no tenga contacto con la luz natural ya que los rayos ultravioleta tienen un efecto oxidante. "También se trata de evitar las luces calientes, como las dicroicas", acota Yanzón.

La distribución de las botellas es otro tema a considerar. Se organizan por cepajes, cosecha y región. Y para perfeccionar el almacenamiento, los aficionados pueden llevar un registro (en fichas o por computadora) con características del vino y lugar de compra. Los estantes se arman con maderas no perfumadas (álamo, paraíso) o de zonas húmedas (como quiri y timbó) con un espesor de 1,5 pulgada para soportar un mayor peso.

Dentro de otro ambiente

La bodega también se puede incorporar a otro ambiente, buscando siempre espacios con pocas variaciones de luz, temperatura y humedad. Un error recurrente, explican los especialistas, es colocarlas en la cocina, donde hay una gran amplitud térmica.

Las propuestas son variadas. Las bodegas se adaptan al estilo y los espacios disponibles. Se montan sobre una pared tipo estantería o se colocan en la parte posterior de una barra-bar. Cumplen una función decorativa, dando calidez al ambiente. Además, la elección de las maderas suele ser más flexible aunque, al haber un menor control de los factores ambientales, no conviene usarlas para guardas prolongadas.

Una alternativa para controlar la guarda de los vinos son las bodegas climatizadas. Los equipos están aislados y cuentan con un sistema de refrigeración con evaporador, que controla la temperatura y humedad. En las puertas delanteras se usan vidrios con filtros UV para evitar los rayos ultravioletas.

Principales cepas blancas de Argentina.

Torrontés:

La única cepa considerada autóctonamente argentina, cultivada en todas las regiones productoras desde Salta hasta Río Negro. El origen del Torrontés es aún hoy discutido entre los especialistas, aunque es seguro su parentesco con los moscateles del Mediterráneo europeo. Prueba de ello es su fragante e inconfundible aroma, que siempre se asocia a las flores como la rosa, el jazmín y el geranio, siendo ocasional la aparición de efluvios especiados. Su implantación data de la época de los conquistadores españoles, siendo hoy una de las uvas blancas más extendidas en el país. En forma reciente se ha practicado su elaboración como vino dulce y como espumante, con excelentes resultados en ambos casos. El Torrontés tiene una simbiosis especial con las comidas picantes y bien condimentadas, como los platos tailandeses, indios, chinos y vietnamitas. Es un excelente compañero de la cocina regional del noroeste argentino, en especial de las empanadas salteñas y tucumanas, así como del típico locro.

Chardonnay:

Situada en primer lugar entre las variedades clásicas blancas. En Argentina es muy apreciada debido a su capacidad para madurar bien y producir una amplia gama de vinos, que van desde las bases para espumantes hasta los corpulentos varietales fermentados en barricas de roble, pasando por frescos y elegantes vinos sin madera. Sus descriptores primarios más frecuentes son las frutas tropicales y la manzana.

Sauvignon Blanc:

Antiguo cepaje poco desarrollado en Argentina, debido a su peculiar comportamiento vegetativo. En los últimos años ha gozado de una importante expansión de su cultivo. Con un buen manejo del viñedo logra desplegar sus intensos aromas de tipo salvaje que recuerdan a los vegetales, la clorofila y los cítricos. En otros casos, puede desarrollar aromas a frutas blancas, pero no es ése su carácter primario más deseable.

Chenin:

Finísima cepa cuya adaptación a los terruños argentinos ha sido históricamente muy buena. A pesar de ello, es raro encontrarla en varietales, siendo mayormente utilizada para aportar frescura y estructura ácida a numerosos vinos blancos de corte. Para describir su aroma se recurre mayormente a la analogía con la cáscara del durazno blanco.

Semillón:

Implantado en Argentina desde fines del siglo XIX. Amante de los climas frescos y moderados, como los del Valle de Uco y el Alto Valle del Río Negro. En Cuyo adquiere tonos aromáticos de frutas blancas y miel, mientras que en la Patagonia aparecen acentos de manzanas y tierra. En ambos casos, evoluciona muy bien en botella hasta formar complejos matices olfativos.

Riesling:

Variedad poco cultivada en Argentina, ya que sólo prospera merced a rendimientos muy acotados en zonas templadas o frías. Allí, pueden obtenerse delicados pero contundentes vinos de alta acidez y un típico aroma cítrico y floral, con reminiscencias minerales que se describen frecuentemente como sabores "metálicos". Su evolución en botella es excelente y llega a alcanzar asombrosos niveles de complejidad.

Viognier:

En los últimos tiempos, la industria vitivinícola argentina comenzó a cultivar y ensayar vinificaciones con este cepaje. El Viognier se presta para la elaboración en acero inoxidable o la fermentación y crianza en barricas de roble. En los vinos frescos, aparecen tonos de flores, frutas tropicales y un inconfundible descriptor de caramelo. Cuando se practicó la elaboración en roble, surgen aromas almendrados al cabo de algunos años.

Gewürztraminer:

Cultivado en zonas bien altas y frías, donde se obtienen pocos pero bien logrados vinos blancos en versiones secas y dulces. Elaborado con los cuidados necesarios, muestra un aroma personal y un cuerpo sólido, sin resignar nunca la frescura merced a una alta acidez natural. Sus aromas más frecuentes son los del tipo floral y cítrico, con la eventual aparición de rasgos delicadamente vegetales y especiados.

Principales cepas tintas en Argentina.

Malbec:

Variedad productora del vino tinto argentino más emblemático. Su origen se sitúa en el sur de Francia, particularmente en la comuna de Cahors. Llegada a la Argentina a mediados del siglo XIX, la variedad se adaptó muy bien a todas las regiones vitivinícolas argentinas y comenzó a ser cultivada de manera intensiva, merced a su sanidad, su vigor y su capacidad para producir buenos vinos. Hoy, existen numerosas variantes de elaboración para el Malbec, desde los vinos jóvenes y simples hasta los gruesos y contundentes con larga crianza en barricas, pasando por los rosados, los espumantes y los licorosos, al estilo del Oporto. En todos los casos, sus aromas primarios se destacan por los matices de ciruelas maduras -a veces menta- y su sabor, por la capacidad de llenar el paladar sin agresividad gracias a sus taninos dulces y redondos. El Malbec es el gran vino tinto para acompañar los asados vacunos, los guisos, las pastas con salsas de tomate y queso, las carnes de caza y los quesos duros.

Cabernet Sauvignon:

El rey de los cepajes tintos presenta sutiles características diferenciales según su región de origen. En el NOA alcanza una asombrosa intensidad de color en el marco de aromas a moras y pimiento verde. En Cuyo se intensifica el carácter frutado descripto como grosellas maduras, mientras que en las regiones más australes se potencian los sabores minerales y terrosos. El añejamiento en madera y botella le confiere una elegancia particular, con aromas a tabaco, cuero y especias.

Merlot:

Distinguido cepaje que prefiere los terruños argentinos altos y frescos, en especial el Valle de Uco y la Patagonia. Con bajas producciones y un buen manejo del viñedo, el Merlot se traduce en un vino delicado, de paladar intenso sin llegar a ser potente. Los aromas que lo identifican se describen como pimiento dulce, cedro, grosellas y especias.

Syrah:

Históricamente se lo utilizó para vinos de corte, pero en la última década su cultivo se expandió de manera generalizada. Se adapta muy bien a las regiones de fuerte insolación como el Valle de Tulum, en San Juan, y los departamentos del este de Mendoza. Bien elaborado, presenta colores intensos, textura plena y aromas que varían desde los florales, en su juventud, hasta los especiados y animales, luego de la crianza en roble y botella.

Pinot Noir:

Antigua y noble variedad que se utiliza frecuentemente en las bases de los mejores espumantes -vinificado en blanco-, mientras que también se logran muy buenos ejemplares varietales tintos. De acuerdo a los diferentes clones -es la variedad que más rápido produce mutaciones-, su color va desde el rubí hasta el rojo intenso, conservando siempre los aromas a frambuesas, remolacha y tierra que lo caracterizan.

Tempranillo:

Bien vinificado y con una crianza en roble americano -al estilo español-, logra excepcionales cualidades y una excelente capacidad para evolucionar en botella. En su juventud, exhibe aromas frutados simples de frambuesas y moras, pero los ejemplares de guarda llegan a madurar enmarcados en envolventes rasgos de regaliz y torrefacción.

Bonarda:

Por su abundancia, su vigor y su bajo costo, siempre formó parte de los vinos tintos más económicos, aunque también se lo elabora como varietal. Produce un vino franco, honesto, de buen cuerpo y color, con aromas frutados de frambuesa y sutiles acentos anisados. Su buena estructura le permite ser añejado en barricas con buenos resultados.

Sangiovese:

En argentina se lo cultiva y produce desde hace décadas, pero fue otro de los vidueños cuyo potencial para vinos de calidad sólo se descubrió en los últimos años. Joven, presenta aromas de frambuesas y violetas; la evolución en roble y botella le dan un matiz descripto como pasas de uva, algo que recuerda al Chianti peninsular.

En los últimos cinco años la Argentina quintuplicó sus exportaciones a los Estados Unidos, mercado que se convertirá en el primer consumidor mundial.

Estados Unidos se convertirá en 2010 en el principal demandante de vinos del mundo, según indican los estudios internacionales. Por esa razón, y para reforzar la presencia argentina en un mercado que muestra un gran dinamismo, 24 bodegas mendocinas se entrevistaron en abril con nueve importadores vitivinícolas norteamericanos.

El encuentro fue organizado por ProMendoza y el Ministerio de Producción, Tecnología e Innovación de la provincia.

Estados Unidos es hoy el principal destino de las ventas externas de vino de la provincia cuyana, con el 26,3 por ciento del monto total de lo exportado. Le siguen, en orden de importancia, Canadá (9,63%), Brasil (9%) y el Reino Unido (7,96%).

En cinco años, la Argentina quintuplicó sus exportaciones de vino a los Estados Unidos. Según datos del Instituto Nacional de Vitivinicultura, las exportaciones a ese mercado totalizaban 138.394 hectolitros en 2002 y, en 2007, alcanzaron 684.313 hectolitros.

"Estados Unidos siempre ha sido nuestro principal mercado de exportación en lo que a la venta de vinos fraccionados [embotellados] se refiere. Esto se debe a la incursión en ese país de las grandes bodegas argentinas, pioneras en la exportación a mediados de los 90", dijo Nicolás Perinetti, responsable del sector vinos de ProMendoza.

Pero, según el especialista, el gran crecimiento se produjo con el cambio en la paridad peso-dólar. "El gran auge de los vinos argentinos se da luego de la devaluación de finales de 2001, ya que desde entonces incursionaron en la exportación las bodegas más chicas", comentó.

Ese es el caso de la bodega Andesgrapes. "Somos una bodega pequeña y fundamentalmente familiar. Ciertos importadores se sienten atraídos por nuestros vinos, ya que buscan productos que vayan acompañados de una historia de vida", explicó Geraldina Karsovnik, representante de Andresgrapes. Y agregó: "Acciones como ésta nos permiten mostrar nuestros productos y nos ayudan a competir con las grandes bodegas que pueden acceder más fácilmente a los mercados".

En el caso de las ventas externas de mostos, en 2007 se enviaron 717.657.950 litros, o US$ 81.717.940. Para este producto, Estados Unidos es también la principal plaza de las ventas argentinas, seguido por Sudáfrica, Japón y Canadá.

Desde 2001 a 2006, y gracias al incremento de la venta de bebidas importadas, el mercado estadounidense de vinos creció notablemente. En 2006, el consumo de vino en Estados Unidos alcanzó los 9,5 litros per cápita y se espera que para 2010 llegue a los 12,28 litros.

Esas cifras convertirán a los Estados Unidos en el principal mercado mundial para el consumo de vinos, tal como lo indica un estudio presentado en la última edición de la Feria Vinexpo, que se desarrolla todos los años impares en Burdeos, Francia, un encuentro clave del sector al que en 2007 asistieron 2396 expositores de 42 países, y más de 50.000 visitantes.

Según el informe, dirigido por la consultora International Wine and Spirits Record, en 2010 Estados Unidos consumirá cerca de 29 millones de hectolitros de vino, lo que equivale a más de 3800 millones de botellas anuales.

"Es muy importante que las bodegas sepan a qué mercado están apuntando", dijo Jorge Méndez, de Bordeaux Wine Import, una de las firmas importadoras que participaron de la ronda de negocios organizada en Mendoza. Es que, por lo general, los consumidores estadounidenses buscan vinos novedosos que marquen tendencias.

De acuerdo con los importadores, el vino argentino es un producto competitivo que cumple con los requerimientos de precio y calidad del mercado norteamericano. "Es la primera vez que venimos a la Argentina y nos ha llamado la atención la oferta que existe y la buena calidad de los vinos mendocinos", comentó Luis Vázquez de Cava de Vinos, de Nueva York.

El mercado norteamericano tiene una particularidad: cada estado tiene una legislación específica respecto del consumo de alcohol, cosa que dificulta el ingreso de mercadería en el nivel nacional, pues existen pocos distribuidores capaces de colocar los productos en todos los estados, y los que lo hacen tienen carteras de hasta 2000 clientes.

Los diferentes estados norteamericanos utilizan dos enfoques distintos para las importaciones. En 32 estados, el gobierno controla la venta y la distribución de alcohol a través de licencias otorgadas a comercios privados.

En los otros 18 "estados cerrados controlados", el gobierno controla la distribución de bebidas alcohólicas, y sólo los comercios que son propiedad del Estado pueden vender al público ciertas bebidas alcohólicas. Por ejemplo, en Nuevo Hampshire, Pensilvania y Utah, el Estado ejerce control directo sobre la distribución y las ventas al público de licores y vinos. En Idaho, Michigan, Montana, Carolina del Norte, Ohio, Oregón, Vermont y Washington, se controla la distribución y venta de los vinos y licores que se consumen fuera de los locales. En Mississippi y Wyoming, el Estado controla la distribución de licores y vino, y en Alabama, Iowa, Maine, Virginia y Virginia Occidental, el Estado sólo interviene en la distribución de licores.

Por eso, desde ProMendoza, recomendaron prestar especial atención a la estrategia de distribución y a la elección del distribuidor, una vez que la bodega haya establecido el tipo de consumidor al que apunta. "La competencia entre los diferentes países que exportan al mercado norteamericano continuará siendo intensa", dijo Perinetti. En su opinión, para seguir creciendo, la Argentina deberá usar estrategias con las cuales algunos países del Nuevo Mundo, como Australia y Chile, tuvieron éxito.

"En principio, las empresas deberían contactar a importadores en los principales estados de consumo, que son Florida, Nueva York, California, Texas, Illinois y Georgia", dijo Perinetti. No obstante, agregó, la mejor forma de ingreso a los Estados Unidos no es la misma para una pequeña bodega que para una firma con un gran volumen de producción. Mientras esta última tendría que encontrar importadores con licencia federal para distribuir sus vinos a nivel nacional, las más pequeñas deberían buscar importadores locales o por zonas.

"A través de esta estrategia, las pymes tendrían que afianzar sus marcas y tener un contacto más directo tanto con los distribuidores como con el consumidor final", explicó Perinetti, que se mostró muy optimista acerca del futuro de las ventas de vino a los Estados Unidos: "Teniendo en cuenta el potencial del mercado, la población, el nivel de ingreso, la ventaja competitiva que existe actualmente en la relación euro-dólar y que el consumidor norteamericano está abierto a los vinos del Nuevo Mundo, Estados Unidos continuará siendo nuestro principal mercado durante mucho tiempo", vaticinó.

Por María Martini
Para LA NACION

Alternativas para posicionar marcas y cepas.

La batalla entre el Merlot y el Pinot tuvo un claro ganador que se definió en un ring muy peculiar: una pantalla de cine.

El film Entre copas, que relataba la historia de dos amigos que deciden hacer un viaje por el Valle de Santa Inés -una zona de viñedos californianos- sirvió para que las ventas de Pinot crecieran de modo exponencial.

Aunque suene increíble, aparecer en un film puede ser, en muchos casos, varias veces más efectivo que la mejor y más cuidada campaña publicitaria.

En el mundo existen empresas que se dedican a distribuir resúmenes de películas que están por filmarse y cuyas temáticas podrían incluir un determinado rubro como el vino.

Que el producto aparezca o sea mencionado, por ejemplo, por algún galán internacional que pide un ?malbec argentino? y no simplemente vino, puede tener un costo base de 400.000 dólares. Más allá de la fuerte apuesta -e inversiónque requiere una acción de este tipo, los códigos propios del mercado bodeguero hacen que existan otras opciones valederas para el posicionamiento del producto.

Obtener una medalla en un concurso prestigioso o lograr una buena crítica por parte de una revista especializada suelen ser importantes herramientas de promoción.

Si bien en algunas ocasiones no se trate de datos determinantes para el consumidor final, suelen transformarse en grandes aliados de los distribuidores.

Dos de las bodegas más tradicionales e importantes de la Argentina que decidieron priorizar el mercado norteamericano, desplegaron diferentes estrategias.

En el mapa de Norton, Estados Unidos aparece destacado. Y no es para menos: en 2006, la bodega fue la marca argentina más vendida en esas tierras: su facturación creció el 91,3% respecto de 2005. Además, quienes definen la estrategia internacional de la compañía comentan que el consumo de vino per cápita en las tierras del Norte (11,5 litros anuales) es aún bajo si se lo compara con aquellos de más tradición vinícola como Francia (54, 7 litros) o Italia (49,3), razón por la que el secreto del éxito es lograr que en el proyectado aumento del consumo de los norteamericanos, los vinos argentinos tengan un lugar de privilegio.

Los propietarios de Bodega Dante Robino optaron por aliarse con Blue Moon Wines, una bodega californiana. El ambicioso acuerdo prevé que más allá del pacto estratégico para la distribución y representación de sus productos en ambos países, hagan una importante inversión conjunta para desarrollar vinos de alta gama y turismo enológico en pagos mendocinos.

Fuente: La Nación

lunes, 16 de junio de 2008

¿Cómo se hace el vino?

El vino nace del jugo de la uva o mosto, que fermenta por acción de las levaduras (sacaromicetos) presentes en su piel u hollejo. Este fenómeno natural se denomina fermentación alcohólica.

Durante la fermentación alcohólica las levaduras se comen el azúcar presente en forma natural en el mosto y lo transforman en alcohol, anídrido carbónico, glicerina y otras sustacias secundarias.

El anhídrido carbónico desaparece, mientras que el resto de las sustancias permanecen en el mosto. Este es el comienzo de la elaboración del vino, en el cuál intervienen reacciones físicas y químicas, entre las cuáles debe ser controlada especialmente la temperatura.

Los vinos se elaboran todos sobre la base del mismo principio (la fermentación alcohólica), pero cada tipología (vino tinto, vino blanco, vino rosado, vino espumoso, etc.) necesita de diferentes técnicas.

Apenas llegada a la bodega la uva se clasifica y certifica. Los enólogos de la bodega analizan calculando el nivel de azúcar que presenta, determinante para el grado alcohólico del vino a obtener producto de la fermentación, y la acidez para saber si se tendrá una buena fermentación, equilibrio y color en el vino futuro.

De esta manera nacen la mayoría de los vinos que se elaboran hoy en día.

Un primer añejado puede darse en las propias bodegas, los vinos finos suelen ser guardados en toneles de roble, la madera de éstos suele conferirles, añadirles, matices especiales a los vinos en ellas guardados. En las viviendas se recomienda guardar los vinos finos en bodegas domiciliarias, las cuales pueden ser pequeños ambientes oscuros y frescos en los cuales se depositan acostadas las botellas. Salvo cosechas excepcionales no se necesitan más de cuatro años para buen añejamiento, un vino fino de cosecha no excepcional puede llegar a "oxidarse" si el añejado supera los cuatro años.